Poco antes de las ocho y media de la mañana estaba esperando, con una mochila cargada hasta los topes, a que me recogiesen para llevarme hasta el comienzo del Chilkoot Trail, junto a las escasas ruinas de lo que una vez fue la efímera ciudad de Dyea, a unos quince kilómetros de Skagway. Hace poco mas de un siglo ambas ciudades habían pasado en pocos meses de tener apenas medio puñado de habitantes a varias decenas de miles entre las dos y ambas rivalizaban entre sí por hacerse con la ruta hacia las minas de oro del Klondike, con todo el negocio que ello implicaba. Pero eso fue hace poco mas de un siglo. Hoy en día una de ellas, Dyea, no existe y la otra, Skagway, no llega al millar de habitantes. Su apogeo duró tanto como duró la fiebre del oro del Klondike, apenas dos o tres años, y con la misma rapidez que estas ciudades crecieron decayeron al agotarse las concesiones de oro en el Yukón. Skagway a duras penas se mantuvo al estar al inicio de la ruta del nuevo ferrocarril que se había construido para comunicar la costa con la ciudad de Whitehorse, a orillas del Yukón, si bien de sus mas de veinte mil habitantes en 1898 paso a apenas quinientos a comienzos del siglo XX. Dyea simplemente desapareció, fue abandonada. No tenía sentido una ciudad en una ruta por la que ya no iba nadie. Y eso era Dyea desde que se inauguró el ferrocarril, una ciudad fantasma. Otro tanto pasó con otras ciudades, como Canyon City o Lindeman City, que surgieron a lo largo de la ruta del Chilkoot Pass. Fueron abandonadas. Sin mas.
Con la exactitud propia de un reloj suizo me recogieron en Skagway y me descargaron, una media hora después, en el comienzo de la ruta. El día, con nubes y claros lo que en Alaska y en septiembre (aunque sea el día 1) significa buen tiempo, aunque sin que haya que descartar un chaparroncillo a lo largo del día. Frío, ni gota, ni falta que hacía por cierto. Por delante tenía una etapa de unos veinte kilómetros no especialmente complicada. Un sendero bien marcado, principalmente de tierra en los primeros kilómetros, que en algunos tramos se presentaba resbaladizo porque los días anteriores había llovido. Durante esta etapa el camino discurre prácticamente en paralelo al río Taiya, a lo largo de un estrecho valle, siguiendo antiguos senderos madereros. Los primeros kilómetros son prácticamente llanos, cruzando sobre varios riachuelos y charcas, lo que ha hecho necesarios varios tramos de pasarelas de madera para cruzarlas. Cuando las crucé yo había problema, ni me mojé los pies; dos semanas antes el agua me hubiese llegado casi hasta la cintura.
El sendero discurre por un terreno prácticamente llano hasta que se llega a Canyon City, en la milla 7.5 de la ruta, de la que apenas quedan un par de edificios en ruinas y algunos restos de antigua maquinaria a unos cientos de metros de actual zona de acampada. Canyon City, como las demás efímeras ciudades que surgieron a lo largo de la ruta, apenas si fue un asentamiento de tiendas de campaña, junto con algunos edificios que básicamente albergaban la maquinaria de las compañías que se establecieron a lo largo de la ruta y que, por un no tan módico precio, transportaban mediante un sistema de teleféricos las vituallas de los futuros mineros.
La primera oleada de mineros arribó a Dawson City, en el Territorio del Yukón, a finales de verano de 1897. Hasta entonces esa ciudad apenas sí había sido un asentamiento con un puñado de mineros y tramperos en mitad de la nada, de un territorio básicamente inexplorado dominado por un río que permanecía congelado unos nueve meses al año y que además era la principal y casi única vía de comunicación de la zona, lo que en la práctica suponía unos nueve meses de aislamiento al año con respecto al resto del mundo. Como ya he comentado anteriormente, ese mismo aislamiento fue el que impidió que la noticia del descubriendo de oro llegase al resto del mundo hasta casi un año después. Para cuando la noticia llegó al público y decenas de miles de personas se pusieron en camino, las concesiones mineras mas productivas ya habían sido adjudicadas meses antes entre los habitantes de la zona, de tal forma que la mayor parte de los que se apuntaron a la estampida hacia el Klondike se encontraron, sin saberlo, con que antes incluso de que se pusiesen en camino no había ni concesiones para adjudicarse ni mas oro que descubrir.
Las noticias acerca de la escasez de alimentos en Dawson City, por no hablar de hambruna, durante el invierno de 1897 - 1898, junto con el hecho de que el Congreso de los Estados Unidos continuaba ignorando lo que sucedía en su nevera de Alaska, hicieron que la Policía Montada del Noroeste de Canadá tomase cartas en el asunto. Fueron los únicos. Samuel Steele, Superintendente de la Policía Montada del que ya tuve ocasión de hablar algo en el diario sobre el viaje a Canadá del año pasado, dictó una orden según la cual no se permitiría la entrada en Canadá a nadie que no acreditase contar con los medios suficientes para sobrevivir un año en la región. Además se instalaron puestos fronterizos en las dos rutas, la del Chilkoot y la del White Pass, en los que se verificaba la posesión de dichos efectos.
La medida tenía su razón de ser en lo que he comentado antes acerca del territorio, dado que una vez en él las opciones de conseguir lo necesario para la subsistencia hasta el siguiente año (o mejor dicho, hasta el siguiente deshielo) eran reducidísimas. La lista de efectos que sugerían que se debían llevar consigo era enorme incluyendo alimentos, herramientas, equipo completo de acampada (de la época) y un botiquín con productos básicos, lo que en conjunto equivalía a una tonelada de peso por cabeza, además de una cantidad de dinero en efectivo que podía variar en función de si en su lugar se transportaban efectos en mayor cantidad. Por poner un ejemplo un equipaje tipo incluía 400 libras de harina, 150 de tocino, 125 de frijoles, 25 de azúcar y frutos secos, 10 de te y de café, 15 de sal… y quinientos dólares en efectivo.
A lo largo de las dos rutas que se abrieron surgieron algunas empresas que, por medio de un sistema de teleféricos, transportaban dichas pertenencias por tramos hasta el Chilkoot Pass. La realidad era que un considerable porcentaje de los que intentaban la ruta del Chilkoot no se lo podían permitir, lo que hizo que tuviesen que acarrearlo todo por etapas cargándolo en sus espaldas a lo largo de las 33 millas de la ruta hasta Bennett. Los futuros mineros no tenían grandes motivos para preocuparse por que nadie les robase sus pertenencias a lo largo de la ruta. Dado que nadie imponía el orden en la zona estadounidense, los propios mineros se constituían en improvisados tribunales que se encargaban de juzgar y condenar los pocos casos de robo que se producían. Como entendían que saquear las pertenencias de los mineros era el delito mas grave que se podía cometer, pues en la práctica suponía condenar a éstos a la muerte por inanición, los propios stampeders, como se los conocía vulgarmente, juzgaban y, tras democrática votación entre todos los presentes, normalmente ahorcaban sin muchas dilaciones a quien sorprendiesen haciéndolo. En la parte de Canadá podían considerarse seguros. Allí era la Policía Montada del Noroeste la que se ocupaba de mantener el orden y garantizar la integridad de las posesiones de cada uno.
En cuanto dejas atrás el camping de Canyon City el valle se estrecha y la ruta comienza a ganar altura mientras, a su vez, el río discurre por un angosto cañón. El paisaje sigue siendo de bosque lluvioso constituido fundamentalmente por alerces y píceas de Sitka, forrados de musgo y helechos en su base, tan cerrado que parece misión imposible internarse en él. La sensación de que al cruzar esa zona se hace necesario hacer ruido no te abandona en todo el día. El bosque es tan frondoso que podría haber un oso a dos metros tuyo completamente escondido entre esa tupida vegetación. Por suerte para mi, pues estaba haciendo la ruta completamente solo (o al menos eso creía), no vi trazas ni huellas de oso en todo el día, aunque si de otros animales. Después de Canyon City llega la parte mas complicada e incomoda de la etapa, con fuertes repechos seguidos de igualmente empinadas bajadas, por momentos bastante resbaladizas, y varios arroyos que cruzar pasando de piedra en piedra. Nunca lamentaré haberme comprado las botas Salomon que me llevé a este viaje. La calidad de la suela y del gore-tex que lleva entre sus componentes para mi están ya fuera de toda duda.
Una vez que se llega a la milla 10,5 , donde está el Pleasant camp, el sendero vuelve a discurrir en paralelo al río Taiya, cada vez mas un riachuelo estrecho y rápido que se alimenta de los múltiples arroyos y cascadas que vamos dejando atrás. Las tres millas anteriores han sido las mas duras del día, con algún resbalón incluido, y las poco mas de dos restantes, aunque fáciles de recorrer, hasta llegar al punto donde voy a hacer la primera noche se hacen ya un poco largas. La mochila empieza a pesar y las ganas de quitársela de encima e instalar el campamento son grandes.
Hacia las seis de la tarde llegué al Sheep camp, algo mas de veinte kilómetros después de Dyea, donde tenía previsto hacer noche. Para mi sorpresa, había otras tres personas por allí, tres encantadores yukoners con los que a partir de entonces iría coincidiendo durante el resto del Trail. Poco después se nos unieron otras dos personas mas, una pareja de checos, con lo que en total seríamos seis personas haciendo la ruta en esas fechas. Muy poco, comparado con los cincuenta diarios que hubo hasta la semana anterior.
El Sheep camp es el último y el mayor de los campings que hay en el lado estadounidense de la ruta. La mayoría de los que hacen la ruta pasan una noche aquí pues es el camping mas cercano a la parte mas dura de la misma, lo que permite acortar esa etapa. El siguiente camping está a unos doce kilómetros y medio, pasado el Chilkoot Pass, y el tiempo mínimo que se tarda en recorrerlos es de unas ocho largas horas. Por ello lo normal es que se haga noche en el Sheep camp y, si al día siguiente te ves con fuerzas suficientes, alargues la etapa y hagas noche mas allá del Happy camp.
Las instalaciones del Sheep camp son muy básicas, apenas un par de cabañas que hacen funciones de cocina, unas letrinas y unas plataformas individuales de madera para instalar las tiendas, además de los contenedores antiosos para dejar la comida. Importante llevar un paquetito con clavos para poder instalar la tienda, porque el único camping en el que se instalan en el suelo es el del lago Bennett. En fin, planté mi tienda y empecé a prepararme la cena. A eso de las siete apareció un ranger estadounidense que nos explicó con bastante detalle las características de la etapa que teníamos por delante. Lo cierto es que no nos lo pintó fácil. Visto lo que fue el día siguiente la verdad es que fue bastante realista en sus afirmaciones. Anocheció, estaba despejado y la temperatura bajó bastante de golpe. Pero esto allí es lo normal. Es Alaska.










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