sábado, 21 de julio de 2012

ANCHORAGE Y FRANKFURT. FIN DEL PARTIDO


Anchorage es la mayor ciudad de Alaska, aunque no su capital. Mas de un tercio de la población del estado se concentra en esta bastante fea ciudad. Básicamente consiste en unos cuantos edificios tipo colmena en el centro con varios rascacielos (a escala de Alaska, no de Nueva York precisamente), entre ellos el clásico Hilton, edificio que por dentro ignoro cómo será pero por fuera es de una vulgaridad que asusta; y después unos kilométricos suburbios al estilo norteamericano puro y duro, es decir, casas de madera todas diferentes y con jardincillo, normalmente lleno de trastos, junto con multitud de talleres de reparación de coches y avionetas y negocios de todo tipo, pequeños y grandes almacenes y centros comerciales de barrio. En resumen, totalmente prescindible. Ahora bien, teniendo en cuenta que Anchorage es el principal punto de entrada en Alaska por vía aérea pasar por allí es poco menos que inevitable.


En mi caso estuve en esa ciudad mas o menos un día, tiempo de sobra para ver lo poco (por no decir nada) de interés que hay en ella. Dado que los últimos días en Kenai mi idea era improvisar la ruta sobre la marcha, no tenía mas remedio que hacer noche en ella. El horario de mi vuelo me obligaba a estar en el aeropuerto a primera hora de la tarde y no podía arriesgarme a tener que llegar a la carrera desde donde estuviese. En mi caso ese lugar era Homer, que quedaba a unas cuatro horas de viaje. Muy justo para hacer en el mismo día y eso sin tener el mas mínimo contratiempo.

Salí de Homer lloviendo y no paró prácticamente en ningún momento hasta que llegué a Anchorage. De todas formas, como buena parte del camino consistía en deshacer lo andado tampoco me importó demasiado, aunque perdí la oportunidad de parar en un punto en el que en ocasiones, y con la marea apropiada, se ven cerca de la costa, desde la misma carretera, ballenas beluga. Fue el único inconveniente de ese día, pero en Alaska no se puede confiar en que uno va a llegar al sitio preciso en condiciones idóneas para hacer lo que quiera hacer. No es tan fácil y los planes no siempre salen bien porque el clima manda y allí cambia con demasiada facilidad.

Total, que me planté en el albergue que tenía reservado en Anchorage a primera hora de la tarde del día anterior a mi regreso a casa. Tras instalarme decidí darme una vuelta por el centro de la ciudad. No me llevó mucho que se diga porque realmente no hay nada que ver, así que dediqué un rato a hacer algunas compras. No deja de sorprenderme lo barata que es la ropa en Estados Unidos, aunque Alaska sea mas caro que el resto del país. Así pues dediqué la tarde a comprar algunos regalos que tenía pendientes y después me volví al albergue a cenar y a organizar el equipaje que tenía que facturar al día siguiente. 


En el albergue me encontré con que tenía un compañero de habitación que también era de Bilbao. Creo que le eché un jarro de agua fría porque el chaval acababa de llegar y se iba a pasar allí tres semanas. Su problema era que prácticamente no se había informado nada antes de llegar y no sabía que, para ir de turismo a Alaska, un 20 de septiembre es pronto para algunas cosas y muy tarde para otras. En su caso quería ver auroras boreales y, aunque posible, en esa época es poco probable, mientras que para todo lo demás que ofrece Alaska ya era muy tarde, con Denali y Wrangell - St. Elias cerrados y con la zona costera con la temporada prácticamente finalizada, a falta de tres o cuatro días para echar el cierre. Para conducir por el estado no iba a tener mayor problema pero dudo que pudiese hacer mucho mas. Espero que le fuese bien y que a pesar de todo disfrutase del viaje.

A la mañana siguiente poco me quedaba por hacer salvo volver al centro y, aprovechando que había salido bastante buen día, hacer alguna foto de la ciudad si es que lograba encontrar alguna vista que compensase el esfuerzo. Alguna cayó, aunque no muchas. Un almuerzo ligero y una parada en la gasolinera para repostar el coche antes de devolverlo fue lo último que hice antes de llegar al aeropuerto, con las consabidas tres horas de antelación a la salida del vuelo. Ese es el margen con el que recomiendan estar para coger un vuelo internacional en Estados Unidos (y ahora en casi cualquier parte del mundo). A mi me pareció bastante excesivo porque los controles de seguridad al final tampoco son para tanto y ese es un aeropuerto pequeño, pero tampoco te la puedes jugar así como así. Sobre los controles he de decir que he conocido varios aeropuertos no estadounidenses donde pasar esos filtros lleva bastante mas tiempo. 


Me dio pena subir al avión porque había disfrutado mucho del viaje aunque, por otra parte, estaba bastante cansado. Alaska no es un destino fácil si lo que pretendes es algo mas que sacar unas cuantas fotos desde el arcén de la carretera. Varios días de caminatas y acampada, 1870 millas conduciendo, unas cuantas navegando, muchas mas volando y tres semanas después de salir de casa aterrizaba de nuevo en Frankfurt, donde iba a pasar una última noche antes de llegar a Bilbao. Cosas de los horarios de las aerolíneas. Sin embargo no puedo quejarme puesto que Frankfurt me gustó, y además mucho o, al menos, lo que me dio tiempo a ver.


Siendo sinceros he de decir que al planear este viaje no me preocupé de informarme de esta ciudad mas que lo justo para llegar al albergue desde el aeropuerto y poco mas. Del resto pensaba enterarme cuando llegase al albergue, donde esperaba conseguir el típico plano gratuito que me permitiese darme una vuelta por allí sin tener que parecer demasiado perdido. Teniendo en cuenta que el albergue estaba en pleno centro lo del mapa resultó ser totalmente prescindible. Aunque me dieron uno no lo saqué del bolsillo.


Si soy sincero mis conocimientos sobre Frankfurt eran bastante limitados antes de hacer este viaje. Básicamente consistían en saber que aquí está la sede del Banco Central Europeo, que hay una salchicha que lleva el nombre de esta ciudad y, para los de mi edad, una cosa mas y no menos importante, pues Frankfurt es la ciudad a la que se llevaron a una pobre niña llamada Heidi para arrojarla en las garras de una especie de bruja solterona con pinta de grulla llamada “Señorita Rottenmeier”, que consiguió aterrorizar a toda mi generación. Comprenderéis que las referencias no invitaban demasiado al optimismo…

Sin embargo he de decir que lo que vi de Frankfurt me encantó. Igual ayudó que esos días se celebraba una especie de pequeño mercado de productos artesanos, entre los que se contaban varios tipos de salchicha y no menos clases de cervezas alemanas. Como os podréis imaginar me puse morado a bocadillos de salchichas de nombres impronunciables acompañados de cervezas de diferentes e igualmente complicadas denominaciones, lo que me ayudó a superar el jet lag con bastante facilidad. De hecho, dado que al día siguiente mi vuelo salía por la tarde volví a almorzar allí, por supuesto mas salchichas y mas cervezas. Ésta pequeña degustación de salchicha y cerveza unida al codillo que me cené la noche antes de llegar a Alaska acompañado de la inevitable, y bastante repugnante, col amarga que los alemanes se empeñan en colocar como acompañamiento, ha hecho que en estos momentos me considere poco menos que un experto en gastronomía germana. No me extraña que a éstos hasta la paella o la tortilla congelada mas cutre les parezca un manjar. Tienen el paladar educado a base de martillazos.


En fin, gastronomía alemana aparte, aproveché la tarde que llegué a Frankfurt para dar una vuelta por el centro y la mañana siguiente para completar el recorrido, incluida una visita a lo alto de la torre de la catedral para ver sus impresionantes vistas de la ciudad y otra al francamente interesante Museo Judío. En ello se me fue la última mañana de mi viaje. Para ese entonces Alaska quedaba ya bastante lejos, aunque no tanto como la sentí en el momento en que el 737 de Lufthansa aterrizó en Bilbao y me desperté de golpe en la cruda realidad, la de que un par de días después tenía que volver al trabajo y que para el próximo viaje tendría que pasar un año, un largo invierno y una vuelta a empezar con planes, preparativos y nervios. Ese aterrizaje en la pista de Bilbao es una pesadilla que se repite año tras año. Es como un mal sueño que no me apetece nada tener pero que se que inevitablemente voy a sufrir, al menos hasta que me toque la lotería...


sábado, 16 de junio de 2012

LA PENINSULA DE KENAI



El ferry que me debía dejar en la península de Kenai atracó puntual a mediodía en el puerto de Whittier en medio de un potente aguacero. Mis planes consistían en dirigirme a la ciudad de Seward, en uno de los extremos de la península, y pasar allí un par de noches, empleando el resto del tiempo que me quedaba antes de ir a Anchorage en recorrer el resto de la península sin grandes planes preestablecidos. 


Whittier es un pueblo de aspecto un tanto extraño. Posiblemente tenga que ver con su origen militar. Durante la Segunda Guerra Mundial, como maniobra de distracción para ocultar su verdadero objetivo, el atolón de Midway, los japoneses bombardearon Unalaska y ocuparon otras dos pequeñas islas en el extremo de las Aleutianas, Attu y Kiska, momento en el que los Estados Unidos parecieron darse cuenta de que su nevera del norte tenía mas importancia estratégica de la que parecía en un primer momento. Así, se fundaron varias bases militares a lo largo y ancho de Alaska y se construyó una carretera en nueve meses que unía los territorios del norte al resto de los Estados Unidos atravesando Canadá, la popularmente conocida como “Alcan” o la Alaska - Canadá Highway, de mas de dos mil kilómetros de longitud. Una de esas bases fue Whittier, un puerto natural que tenía la ventaja de que sus aguas no se congelaban durante el largo invierno. La base militar ya no existe pero en el pueblo han quedado como legado, reconvertidos en viviendas, varias feas torres de hormigón que no hacen precisamente justicia al entorno. 


Un túnel de un solo carril compartido con el tren comunica Whittier con el resto de la península por tierra. Son varios kilómetros de galería. En el peor de los casos tocará esperar un cuarto de hora a que el semáforo se ponga en verde y se pueda iniciar la marcha. Yo tuve suerte, pues tenía el paso libre cuando llegué a él y no tuve que esperar ni un minuto. Lo que son las cosas y el clima de esta zona, al otro lado del túnel llovía bastante menos. Por delante tenía un par de horas de viaje hasta Seward por un excelente carretera. Apenas paré, pues tenía que volver por esa misma ruta un par de días después y me sobraría tiempo para ello en ese momento. Ahora mi prioridad era llegar a Seward y cerrar mis planes para el día siguiente. Puesto que lo del kayak en Valdez no me había salido bien pensaba resarcirme pasando un día de pesca.

Los siempre amables empleados de la oficina de información de Seward me dirigieron rápidamente a una empresa que tenía prevista una salida para el día siguiente. Unos doscientos y pico dólares después tenía reservado pasaje para un largo día de navegación y pesca del halibut por la costa de Alaska. Antes de ir hacia el albergue me di una vuelta por el centro del pueblo. Para variar, éste me gustó, aunque no tenía gran cosa ni había un solo edificio que destacara pero en conjunto era bonito.

A la mañana siguiente me levanté temprano pues tenía que estar a las siete en punto en la oficina de la empresa con la que pasaría el día navegando y, esperaba, pescando. No desayuné demasiado y desde luego tomé muy poco líquido, apenas un té para evitar el dolor de cabeza mañanero que me machaca siempre que mi desayuno no incluye un café o, en su defecto, té. El tomar pocos líquidos (o ninguno) es el clásico truco para que aquellos, como  en mi caso, poco acostumbrados a navegar evitemos mas fácilmente el mareo que provocan el mar picado y un barco pequeño. En mi caso además acompañé el té con una biodramina, por si acaso. Creo que es la primera vez que tomo esa pastilla. No se si funcionó pero lo cierto es que pasé un buen día. Otros pasajeros del barco no pudieron decir lo mismo. Y es que, salvo que estés muy acostumbrado a navegar por mares salvajes como el de Bering, ponerse a tomar café en taza gigante al mismo ritmo que los burros el agua es, a mi juicio, una insensatez que sólo puede terminar con medio cuerpo asomado fuera de la borda y el desayuno convertido en comida para los peces.


Puede que el error o, pongamos, el exceso de confianza viniese dado por el hecho de que las aguas del fiordo en cuyo fondo estaba el puerto de Seward fuesen como una balsa de aceite. El movimiento empezó al salir a mar abierto y ahí navegar, al menos para algunos, no fue tan divertido. Para mi si que lo fue. Lo cierto es que me moría de ganas de pasar un día en un mar habitualmente tan agitado como el de Bering. Si además caían un par de piezas mejor que mejor. Toda la costa que pudimos ver desde el barco es tremendamente abrupta, castigada sin piedad por unas olas que no paran de romper en los farallones de los acantilados. Es así un tanto antipática para mi gusto pues a pesar de ser un paisaje magnífico con innumerables cascadas , glaciares y fiordos de fondo, daba la sensación de que los navegantes no seríamos nada bien recibidos, pues apenas se veía un metro de costa en el que fuese posible desembarcar. No me parecía precisamente un buen lugar en el que naufragar. Esa costa no nos recibiría amigablemente, llegado el caso.

Varias horas después de zarpar paramos en mitad del mar y quedamos a la deriva. Imagino que el sonar señalaría la presencia de un banco de pescado y que eso convertía aquel lugar en uno tan bueno como cualquier otro para echar los anzuelos al agua. El cebo, trozos de arenque. No se si con un sonar es posible distinguir un banco de halibut de uno de sardinas o de una ballena. La realidad es que todos los pescadores empezamos a sacar del agua pequeños tiburones del tamaño de mi brazo que dieron cuenta rápidamente de los cebos que tanto el patrón como su ayudante iban colocando en nuestros anzuelos. Tras devolver al mar una buena cantidad de tiburones (yo saqué tres), todos vivos y con sus aletas intactas, por supuesto, el patrón decidió continuar la marcha durante un rato y buscar un lugar mejor en el que pescar lo que todos buscábamos, un par de sabrosos halibut por cabeza. Eso sí, no puedo negar que ese rato de pesca fue tan divertido como el siguiente pues los tiburoncillos aquellos tiraban bastante los condenados.

El día mejoraba, empezaba a salir el sol y a calentar un poquito, con lo que la travesía era incluso agradable, aunque no se puede decir que hubiese buena mar precisamente. No soy capaz de decir cuantas horas navegamos ese día aunque si que fueron muchas. Un rato después de ponernos de nuevo en marcha y dejar atrás aquel banco de tiburones volvimos a pararnos y vuelta a empezar. Esa vez la pesca se dio mejor pues empezamos a sacar del mar lo que habíamos ido a buscar, halibuts, concretamente dos por cabeza que es el cupo al que nos autorizaba nuestra licencia. Fue entretenido a pesar de que sacar a pulso de una profundidad de unos setenta y cinco metros peces de tres o cuatro kilos costaba lo suyo.

A primera hora de la tarde nos pusimos en marcha de nuevo con rumbo a puerto. La chica que venía como tripulante en el barco se pasó buena parte del viaje de vuelta limpiando y preparando el pescado. Impresionaba verla trabajar, la verdad. Llegamos a media tarde a Seward. La mayoría de los pescadores optaron por enviar sus capturas, convenientemente empaquetadas, a casa. Puesto que en mi caso eso no era posible opté por quedarme con una hermosa ración para cenar esa noche y donar el resto para caridad. En resumen, creo que es la ración de pescado mas cara que he comido en mi vida pero valió la pena. Me divertí.


La mañana siguiente amaneció despejada. No tenía ningún plan preconcebido salvo coger el coche y recorrer la península, hacer alguna parada por el camino e incluso darme un pequeño paseo, aunque la pierna seguía molestándome bastante y no iba a dar mucho de si. La carretera que bordea la península de Kenai termina en Homer, a varios cientos de kilómetros de donde estaba y ese fue al final mi destino. Por el camino lagos, ríos, bosques en pleno otoño y unos cuantos pueblitos, algunos de cuyos pequeños edificios delataban su origen ruso. 


Como hacía buen día al final opté por llegar hasta Homer, al final de la Sterling Highway. De todos los pueblos que conocí a lo largo de mis tres semanas recorriendo Alaska creo que Homer fue el que mas me gustó de todos. Ubicado en el costado de una bonita bahía una lengua de tierra se adentra unos ocho kilómetros en el mar formando una barrera que convierte esa bahía en un enorme puerto natural. Al final de la misma restaurantes, tiendas, alguna galería de arte y empresas que ofertaban todo tipo de excursiones y actividades en torno a un pequeño faro daban al lugar un aspecto ciertamente pintoresco.


Esa noche me alojé en un albergue que había en Homer. Estaba francamente bien y siendo ya fin de temporada tuve suerte y lo tuve para mi sólo. Al día siguiente tenía que llegar a Anchorage, la mayor ciudad de Alaska aunque no su capital, donde mi viaje por el 49º Estado de la Unión tocaría a su fin. Pero ese es otro capítulo, uno breve, el último.

martes, 10 de abril de 2012

VALDEZ



La última semana de mi viaje por Alaska volví a la costa. Mi idea era pasar un par de días en la ciudad de Valdez y desde allí coger un ferry a la Peninsula de Kenai y pasar los últimos días recorriendo esa zona antes de acabar en la bastante fea ciudad de Anchorage. He de decir que en esta etapa me debí contagiar algo del despiste que llevaba encima el alemán, y si hubiese sabido lo que me esperaba me hubiese quedado un día mas en McCarthy. Dentro de nada sabreis porqué. 

Para llegar hasta Valdez (allí se pronuncia algo así como Valdisz) tenía que retroceder hasta la Richardson Highway y desde allí dirigirme al sur dando botes hasta llegar al final de esta carretera, que está situado en dicha ciudad. No tenía ninguna prisa por llegar, me bastaba con estar allí a primera hora de la tarde por lo que podía tomármelo con toda la calma del mundo. Recorrí despacio la McCarthy road parando innumerables veces a fotografiar los bosques que hay a lo largo de la pista. Una parada mas en Chitina para repostar, con la consiguiente charla y café con la amable dependienta de la gasolinera, y estaba listo para volver a la costa.



Cuanto mas me iba acercando a Valdez peor pinta tenía el día. Unos treinta kilómetros antes de llegar empezó a descargar una tromba de agua, de esas que hacen que no se vea a tres en un burro a diez metros, y ya no paró de llover prácticamente hasta que se hizo de noche. La idea era pasar dos noches en Valdez y desde allí coger un ferry hasta la península de Kenai. Para el día siguiente tenía pensado hacer alguna excursión por la zona e incluso remar un rato en kayak. El problema fue que dado que la previsión era de bastante mal tiempo, incluyendo densos bancos de niebla, se habían suspendido todas las excursiones para el día siguiente salvo los cruceros, que no me interesaban dado que éstos recorrían la misma zona por la que iría un día después con el ferry. Puesto que mis planes para el día siguiente se habían venido abajo lo siguiente que hice fue intentar cambiar mi ferry y adelantar mi marcha un día, lo que resultó igualmente imposible porque para ese día no había barco previsto hacia Kenai.




Total, que me encontré en Valdez con mal tiempo y un relajado día y medio por delante, de ahí que en aquellos momentos pensase que mejor si me hubiese quedado un día mas en McCarthy pues, para empezar, hacía bastante mejor tiempo. Por otra parte hay que decir que en Valdez el alojamiento es, por razones que desconozco, bastante caro incluso para ser Alaska y los hoteles en general son un tanto cutres. De hecho la habitación en Valdez me costó por noche lo mismo que la de Fairbanks y no había ni punto de comparación. Del desayuno mejor no hablamos.

La ciudad de Valdez es tristemente célebre por dos trágicos sucesos. Al primero de ellos, ocurrido el 27 de marzo de 1964, se lo conoce como el "terremoto de viernes santo", cuyo epicentro estuvo situado a unos noventa kilómetros al oeste de Valdez. Si éste provocó graves daños en la ciudad, el tsunami que se produjo como indeseada consecuencia del mismo terminó de arrasarla por completo. Entre el terremoto y el tsunami fallecieron 128 personas y la ciudad fue totalmente reconstruida en un nuevo emplazamiento situado a unas cuatro millas del original, en un punto mas elevado y mas seguro.


La segunda catástrofe se produjo casi veinticinco años después, concretamente en la madrugada del 25 de marzo de 1989, cuando el petrolero monocasco Exxon Valdez -ironías de la vida, llevaba el nombre de la ciudad-, encalló contra un arrecife en el Prince William Sound pocas horas después de zarpar del puerto de Valdez con destino California. Una sucesión de negligencias terminaron con la colisión del buque contra un risco perfectamente señalizado en las cartas marinas. Al parecer se había desviado de su ruta de salida, con autorización de la Guardia Costera, para esquivar los icebergs existentes en la misma. 

Un oficial que no tenía autorización para pilotar en esas aguas, otro que faltaba de su puesto en la estación de proa, el piloto automático, que al estar conectado impidió cualquier maniobra de emergencia y, según parece, unas cuantas copas de mas que llevaba el capitán encima son algunos de los factores que provocaron que aproximadamente treinta y siete mil toneladas de crudo fueran vertidas al estuario, provocando una catástrofe medioambiental sin precedentes cuyos efectos aun se siguen notando. Después de la catástrofe el buque fue reparado y vendido por su propietario, la compañía Exxon, y ha seguido navegando desde entonces con diferentes nombres para distintos propietarios hasta hace apenas unos días. Su último dueño acaba de anunciar su retirada de la circulación y su venta a una empresa que se encargará de desguazarlo y convertirlo en chatarra.


Hay un pequeño museo en Valdez sobre la historia de la ciudad en el que aparecen ampliamente reflejados ambos desastres. Vale la pena dedicarle un rato. Por lo demás la ciudad no tiene mucho mas. En los alrededores, un bonito glaciar casi a pie de carretera y varios senderos que se internan en las montañas que rodean Valdez son alternativas mas que suficientes para aprovechar el día. La pena fue la niebla que había por toda la costa, que daba al puerto un aspecto bastante fantasmagórico y me fastidió el plan del kayac. 

Por otra parte entre las ventajas que tiene ir a un sitio como Valdez está la de que la dieta es un poco mas variada, dado que en los restaurantes, además de las inevitables hamburguesas y similares, hay pescado. Aproveché esas dos noches para cenar halibut. Estaba muy rico pero tengo que reconocer que me gustó mas el que comí a la parrilla el año anterior en Forks, Washington.


La mañana que me marchaba amaneció como la anterior, muy nublado y lloviznando. El ferry a Whittier salía a media mañana y aproveché mi último rato en Valdez para dar otra vuelta por el pueblo y sacar alguna foto antes de embarcar hacia la bonita Península de Kenai, penúltima etapa de mi viaje por Alaska.

viernes, 6 de abril de 2012

WRANGELL ST. ELIAS NATIONAL PARK





Las señales de tráfico que hay en las carreteras estadounidenses tienen el fondo amarillo y letras o dibujos en negro. No se parecen en casi nada a las nuestras aunque son igual de sencillas de entender. O mas, incluso. En cierto modo son mas descriptivas, una señal que anuncie un trazado sinuoso parece mas un garabato que una señal, lo que suele acercarse mas a la realidad que la señal equivalente que ponemos en nuestras carreteras. Para mi la mejor o al menos la que mas gracia me hace es una que sólo pone “BUMP”. Sirve lo mismo para anunciar un bache, un badén o incluso un pequeño cambio de rasante. Sea lo que sea siempre se da un bote. En Alaska en particular las señales sirven para algo mas, pues todas y cada una de ellas tienen impactos de bala, todas están mas o menos acribilladas. Imagino que por aquí el tiro a la señal debe ser poco menos que un deporte olímpico fuera de la temporada de caza, pues no recuerdo haber visto una que no tuviese ningún disparo. Supongo que les vendrán bien para ajustar los puntos de mira y cosas así.


Podríamos decir que la Richardson Highway, o como mínimo el tramo que recorrí de la misma desde que me incorporé a ella en Paxson, es una auténtica “bump road”. El trazado era bueno pero tenía un montón de socavones de tal forma que me pasé todo el rato que circulé por ella de bote en bote. Esta carretera discurre prácticamente en paralelo al oleoducto que viene desde el Ártico y termina en Valdez, así que imagino que tendrá mucho tráfico pesado y de ahí su deterioro. Me incorporé a esta vía a primera hora de la tarde pues formaba parte de la ruta que ese día me tenía que llevar hasta McCarthy, en el interior del Wrangell - St. Elias National Park, donde iba a pasar un par de tranquilos días viendo los paisajes y echando un vistazo a las antiguas minas de cobre de la zona. 





Los planes que me había hecho en Bilbao antes de salir incluían una larga caminata por este parque, de unos cincuenta kilómetros en total de ida y vuelta, hasta las cercanías de uno de los cientos de glaciares que hay en él y haciendo noche en una cabaña que había por allí, antes de llegar hasta McCarthy, donde me quedaría un par de noches. Con la lesión que arrastraba desde el Chilkoot ese plan era físicamente imposible, así que empleé el tiempo que tenía previsto dedicar a esa excursión en irme a Fairbanks y en recorrer la Denali Highway con mucha mas calma. De Fairbanks ya sabéis lo que opino. En cuanto a la Denali Highway, desde luego fue un acierto el ir por ella y hacer noche allí. No es una carretera que se deba recorrer con prisa. Merece la pena hacer un esfuerzo y dedicarle tiempo. Y mas en otoño. 








El Wrangell - St. Elias National Park es el mas grande de Estados Unidos. Con una superficie de casi 53.000 kilómetros cuadrados, mayor que la de Suiza, es unas seis veces mayor que el mucho mas conocido Parque Nacional de Yellowstone, por poner un ejemplo. Formado por dos cordilleras -la de los volcanes Wrangell y la de los montes St. Elias-, decenas de glaciares, lagos y ríos, la mayor parte de su superficie es accesible únicamente en avioneta o hidroavión, existiendo únicamente dos carreteras sin asfaltar que se adentran un poco en el interior del mismo y contadas rutas de senderismo. 





Mi destino era la población de McCarthy, a la que se accede desde Chitina, al oeste del parque, por una carretera sin asfaltar de casi cien kilómetros. Para llegar hasta allí hay que coger un desvío algo después de Copper Center y conducir cerca de una hora mas hasta llegar a Chitina, pequeño pueblo en el que, entre otras cosas, está la última gasolinera que hay en la ruta. Por ello es necesario asegurarse de que tenemos combustible suficiente para recorrer los doscientos kilómetros que hay sumando ida y vuelta desde allí hasta McCarthy, antes de internarse en esa pista de tierra.





La temporada turística había acabado la víspera así que no esperaba que hubiese mucha gente en el parque, salvo unos cuantos turistas despistados de esos a los que nos gusta ir por libre y, por qué no, un tanto a contracorriente. Una breve parada a media tarde en el centro de visitantes del parque para hacerme con algún plano de la zona era todo lo que necesitaba para meterme de cabeza en ese parque. Combustible me sobraba, así que la parada en Chitina la dejé para la vuelta. Eran algo así como las cinco y media de la tarde cuando me interné en la McCarthy Road, con lo que calculaba que llegaría a mi destino con las últimas luces del día.



Ésta no fue una carretera en sus inicios sino el trazado de un ferrocarril, concretamente del “Copper River and Northwestern Railway“. Hacia 1900 aproximadamente, dos mineros que se internaron en aquella zona en busca de nuevos yacimientos de minerales dieron con una mena de cobre muy rica, fundándose la Kennecott Copper Corporation en 1903 con dinero de un grupo de conocidos inversores del este de los Estados Unidos. Curiosamente el nombre de la compañía minera se registró con una errata y así se quedó. Rápidamente surgieron dos poblaciones en la zona: Kennicott, que tomó el nombre del glaciar adyacente, era donde estaban todas las instalaciones de la compañía minera y se alojaban los empleados de la misma; y McCarthy, a pocos kilómetros de la primera y en la que se encontraba todo aquello que los gerentes de la compañía, interesados en mantener el orden, no permitían que se estableciese cerca de  sus instalaciones, es decir, salones, burdeles, casinos y en general cualquier negocio en el que los mineros pudiesen gastar su dinero en los ratos libres. Para dar salida a todo el mineral que se extraía de las minas se construyó una línea de ferrocarril que comunicaba las poblaciones de Kennicott y Cordova, en el Prince William Sound.




Las minas se explotaron durante casi cuarenta años, concretamente hasta 1938. Los precios de las materias primas, entre ellas el cobre, se desplomaron durante la gran depresión de esa década. Además el elevado coste de mantenimiento del ferrocarril y el agotamiento de los mejores filones provocaron que al final los gerentes de la compañía minera, en una impresionante demostración práctica del capitalismo imperante en la época, decidieran el cierre de las mismas dando dos horas de plazo a los trabajadores para que recogiesen sus pertenencias y se marchasen en el último tren que circularía por esa línea férrea. Las poblaciones de Kennicott y McCarthy, al igual que tantas otras en Alaska que habían surgido de la misma forma, fueron prácticamente abandonadas hasta que en la década de los 80 se creó el Wrangell - St. Elias National Park, momento en el que poco a poco volvieron a resurgir en torno a la actividad turística que empezó a desarrollarse en la zona.





La McCarthy Road se "construyó" años después para dar acceso al Parque Nacional aprovechando el trazado del antiguo ferrocarril minero. De hecho, en algunos puntos donde la grava ha ido desapareciendo aun pueden verse las traviesas de madera de la vía férrea. Los primeros quince o veinte kilómetros son posiblemente el peor tramo de carretera que he recorrido en estas tres semanas de viaje en Alaska. El trazado es un tanto sinuoso, estrecho y con bastantes baches, lo que obliga a recorrerlos a una velocidad bastante baja, muy inferior a la que podía llevarse en la Denali Highway por la que había conducido esa misma mañana. Una vez que se cruza el viaducto sobre el río Kuskulana la carretera mejora bastante, lo que permite ir algo mas rápido. Sin embargo el paisaje también es mas vistoso cuanto mas te adentras en el interior del parque por lo que las paradas también aumentan, así que el tiempo que ganas con la velocidad lo dejas viendo el paisaje. Tengo que reconocerlo, me encantó.



Creo que los bosques que vi en estos días pasados en el Wrangell - St. Elias National Park fueron los mas vistosos de todo el viaje. La mezcla de diferentes especies de árboles en pleno otoño daba como resultado un paisaje de una variedad cromática apabullante, en la que se juntaban diferentes tonos de ocres, rojos y verdes causando un efecto bastante deslumbrante. Además tuve algo de suerte pues el clima también puso bastante de su parte, que es tanto como decir que no llovió en todo el tiempo que pasé allí, alternándose las nubes y claros, lo que a su vez ayudaba a resaltar aún mas el paisaje.


Como había calculado, llegué a McCarthy a última hora de la tarde. El albergue en el que me iba a alojar las siguientes dos noches lo formaban un conjunto de cabañas de madera con muy buena pinta. La primera noche estuve sólo. Es lo que tiene ir fuera de temporada. La segunda noche llegó un chaval alemán del que os contaré algo mas adelante. Me fui a dormir bastante pronto esa noche. Al final el día había sido bastante largo y estaba muy cansado. Conducir un coche automático por una carretera asfaltada con buen trazado y pocas curvas es tan divertido como jugar al dos en raya , así que te cansas de puro aburrimiento; hacerlo por vías sin asfaltar es bastante mas entretenido aunque requiere de mucha mas concentración, lo que resulta agotador cuando al final son varias las horas que pasas conduciendo por ellas.




El día siguiente amaneció bastante despejado. Mis planes eran cruzar al otro lado del río y acercarme hasta Kennicott, echar un vistazo a los viejos edificios de las minas y hacer una pequeña caminata hasta el punto donde los glaciares Kennicott y Root se unen. No se puede llegar hasta allí en coche particular. Un puente peatonal cruza el río Kennicott y una pista sin asfaltar te lleva hasta el pueblo, que está a unos siete kilómetros, y que hoy día apenas consiste en unos edificios restaurados de las antiguas minas y un lodge. Un servicio de shuttles funciona durante todo el verano entre McCarthy, que también está al otro lado del río, y Kennicott. 



He de reconocer que Kennicott es un bonito conjunto de edificios que no desentonan ni lo mas mínimo con el bosque que los rodea. Mas o menos a las diez de la mañana me puse en marcha. Poco mas de una hora después había llegado allí. El pueblo tenía un aire un tanto fantasmal, pues con el fin de temporada casi todos los turistas habían desaparecido y éramos contadas las personas que deambulábamos por allí. La mayoría eran personas que trabajaban en la restauración de uno de los edificios; el resto, los pocos turistas que, como yo, íbamos por libre. 



Puesto que aun continuaba el buen tiempo opté por seguir adelante, durante algo mas de un par de millas, hasta el glaciar. He de decir que éste es de largo el glaciar mas sucio que he visto en mi vida. Toda su superficie es una enorme morrena que le da un color gris ceniciento bastante peculiar. De hecho, cuando llegué el día anterior la primera impresión que me dio fue la de que la franja grisácea que se veía a lo lejos no era mas que un inmenso montón de escoria de las viejas minas. Si no hubiese sabido que allí había un glaciar jamás lo habría imaginado. Muy de vez en cuando, y eso mirando con mucha atención, se veía una mancha de ese color azul que tiene el hielo compactado de los glaciares. 



Como decía, a unas dos millas mas o menos de los edificios de las minas está el punto donde los dos glaciares que confluyen en Kennicott se unen, el sucísimo glaciar Kennicott y el algo mas limpio glaciar Root. Una zona de acampada con instalaciones muy básicas hay allí para dar servicio a aquellos que deciden hacer rutas mas largas por la zona, explorando las diferentes minas o, incluso, colocándose los crampones y caminando por el hielo. Como decía, la zona de acampada es muy básica, pues apenas si hay unas letrinas y un armario para poner la comida fuera del alcance de los osos. A éstos no los vi en ningún momento aunque los rastros que había en esas dos millas eran abundantísimos. Además, la gran cercanía al glaciar hacía que el aire que soplaba allí fuese gélido.



A primera hora de la tarde volví a Kennicott. Para regresar a McCarthy opté por esperar al shuttle que había un rato después. Con el paseo me había resentido de la rodilla, así que me tocaba no forzar más y volver a empezar con los antiinflamatorios en cuanto volviese al albergue. Mientras esperaba apareció por allí un grupo de cuatro navarricos la mar de simpáticos que estaban recorriendo Alaska en autocaravana. Estaban aparcados muy cerca de mi albergue, en un pedregal que se anunciaba como camping para caravanas y que no era mas que un aparcamiento junto al puente en el que tenías que pagar si querías dejar allí tu coche. Quedamos para cenar esa noche mientras nos contábamos nuestras andanzas. Hicimos una fogata en el pedregal aquel y nos cenamos un salmón recién pescado que les habían regalado la víspera. Estaba muy bueno. 

Cuando iba a cenar con ellos me crucé con un nuevo cliente recién llegado al albergue en autostop, un chaval alemán también la mar de majo pero que andaba un tanto despistado, según me contaron después los navarros durante la cena, pues no tenía ni idea de que al haber acabado la temporada estaba casi todo cerrado y se había plantado allí sin nada de comida esperando comprarla en alguna, en esos momentos inexistente, tienda. Total, que el pobre chaval había acabado en el pseudo camping por si allí había algún sitio donde comprar algo y, al no encontrarlo, los navarros se habían apiadado de él dándole algo para que al menos pudiese cenar esa noche.



A la mañana siguiente desayuné con él. Yo invitaba, claro. Éste llevaba mas de dos meses por Alaska de mochilero en plan verano sabático. No es el primer alemán que me encuentro viajando de ese modo, totalmente despreocupado e improvisando sobre la marcha sin preocuparse ni lo mas mínimo por dónde van a dormir esa noche o si hay algún sitio donde comprar algo para comer, aunque ésto no me cuadra demasiado con la imagen de cuadriculados que tengo de los alemanes. Supongo que aprovechan las vacaciones para desmelenarse un poco. Después de contarnos nuestras respectivas andanzas nos despedimos. Él iba a pasar el día en Kennicott y yo marchaba hacia la costa, concretamente a la ciudad de Valdez en el Prince William Sound. Antes de irnos le di comida suficiente como para que pasara dos o tres días sin problemas. El chaval no daba crédito y no paró de darme las gracias hasta que nos fuimos pero, ¡que diablos!, si no nos ayudamos entre mochileros… Confío en que si algún día se encuentra en mi situación se acuerde de ésta y haga lo mismo.



Hacía bastante buen día cuando me marché, no sin cierta pena. El paisaje de esta zona es posiblemente el mas bonito que he encontrado en todo el viaje. No en vano dicen los lugareños que si lo que quieres es ver animales te vayas a Denali, mientras que si lo que te gustan son los grandes paisajes nada hay en Alaska como Wrangell - St. Elias. Me inclino a darles la razón.

miércoles, 14 de marzo de 2012

DENALI HIGHWAY


Mas o menos a la una del mediodía estaba repostando en la gasolinera de Cantwell, al comienzo de la Denali Highway. Ya había recorrido los algo mas de doscientos kilómetros que había hasta allí desde Fairbanks. La niebla que me había acompañado las primeras horas había desaparecido completamente y el día cada vez tenía mejor pinta. De los chaparrones de los dos días anteriores, ni rastro. Un café y algo ligero para comer y estaba listo para seguir ruta. Por delante la Denali Highway, unas ciento treinta millas de carretera para unir la Parks Highway con la Richardson Highway, las dos rutas que cruzan Alaska mas o menos de norte a sur. De ellas, mas o menos cien sin asfaltar. No tenía pensado dónde hacer noche. Mi idea era decidirlo sobre la marcha, dependiendo de las ganas de conducir que tuviese. A estas alturas de viaje eso no me preocupaba ni lo mas mínimo. Sabía que había algún sitio a lo largo de la carretera donde podría alojarme así que pararía cuando me hartase de conducir y listo. En el peor de los casos tenía mi tienda de campaña.



No hay gasolineras a lo largo de esta ruta, así que hay que estar seguro de llevar combustible suficiente como para llegar hasta la siguiente antes de internarse en ella. Aunque tal vez sea mas correcto decir que no hay casi nada que huela a civilización a lo largo de esta pista. Tres o cuatro millas después de salir de Cantwell el asfalto desaparece y en su lugar se empieza a circular por una pista de tierra que, para mi sorpresa, está en francamente buen estado. Pocos baches, bastante buen trazado, bien señalizada y anchura suficiente para que se crucen dos coches sin problemas. Como apenas un día antes había llovido bastante había algo de barrillo en la pista y, sin ser una pista de patinaje, resbalaba lo suficiente como para que conducir por ella fuese francamente divertido.



Las carreteras en Alaska se construyen ligeramente por encima del terreno que atraviesan. Eso es debido al “permafrost”, acrónimo de “permanent frost”, que significa “permanentemente helado“. Básicamente implica que en esas latitudes el suelo de la tundra está congelado durante todo el año a apenas unos centímetros de profundidad. Por ello, entre otros motivos, se da el tipo de vegetación que hay en esas zonas, ya que las raíces de las plantas apenas pueden profundizar, así que no digamos las de los árboles. Pero a la hora de hacer una carretera el permafrost impide excavar para hacer la cimentación de las pistas y carreteras ya que si se hiciese así, al llegar a la capa de terreno congelada y trabajar directamente sobre ella ésta se reblandecería por la acción del sol y el aumento de las temperaturas que se da en verano, con lo que al final la pista se acabaría hundiendo. Por ello las carreteras se van trazando levantando capa sobre capa por encima del terreno. Es la única forma de que duren.



A medida que avanzaba a lo largo de la Denali Highway internándome en el distrito del Mat-Su incontables lagos, lagunas y charcas se iban sucediendo uno detrás de otro. El día claro, soleado y sin una pizca de viento era perfecto para sacar la cámara así que perdí la cuenta de las veces que me detuve. Sólo sé que fueron muchísimas. Mat-Su es otro acrónimo, resumen de Matanuska y Susitna, dos valles atravesados por sus respectivos ríos que toman a su vez estos mismos nombres. Por aquí no se complican mucho la vida y al distrito  del que ambos forman parte lo han denominado con ese acrónimo, igual por no molestarse en buscarle un nombre adecuado o bien porque no tienen a mano un candidato a Presidente o a algo similar al que echarle una manita poniéndole su nombre a algo…



Como decía, el paisaje era magnífico y el día perfecto y conducía por esa carretera con la esperanza de cruzarme con algún animal. Lo cierto es que ese día no vi ninguno de cerca, aunque no tardé demasiado en descubrir porqué. En cada recodo de la pista había aparcada una autocaravana, o varias, además de todoterrenos y quads de todas las marcas y colores. Así que o bien los habitantes de esa zona tenían una generalizada afición a la acampada o había algo mas de lo que yo aún no estaba enterado. No se me había ocurrido pensar, y no me enteré hasta un rato después, que se había abierto la veda de caza del alce durante veinte días y la del caribú durante treinta, además de para otras especies incluido el oso, de tal forma que todos los escopeteros de Alaska estaban sueltos con intención de cobrarse sus piezas y todos los animales de la zona en fuga buscando zonas mas tranquilas o mas agrestes o, como mínimo, lo suficientemente alejadas de la carretera como para no aparecer a la vista de dicha horda de cazadores y sus miras telescópicas.



Mas o menos a las cinco de la tarde llegué a orillas del río Maclaren, unas cuarenta millas antes del final de la ruta, y paré en un café a descansar y tomarme algo. También tenían alojamiento y tras preguntar si había habitaciones libres decidí quedarme allí, puesto que el lugar parecía agradable y ya estaba hasta el gorro de conducir por ese día. El bar era de película, con su mesa de billar, cabezas de animales en la pared y música country. Y los parroquianos que empezaron a caer por allí… en fin, eran lo que uno espera encontrarse cuando va a un sitio como Alaska o sea, barrigudos, con barba y/o coleta, la inevitable gorra de béisbol y ropa de camuflaje, aunque algunos iban con la tipica camisa a cuadros e incluso con un pantalón con peto. Desde luego las manchas de sangre formaban parte del vestuario. Las piezas cobradas y los rifles iban encima de los todoterrenos. En resumen, parecían sacados del casting de una película del oeste. El único medio normal que andaba por allí, al menos desde mi punto de vista, era yo. Aunque, las cosas como son, todos eran la mar de amables empezando por los dueños del negocio a quienes únicamente pude sacar un fallo: eran republicanos, como pude deducir de algunos adornos que tenían puestos en las paredes del local.



Tras darme un pequeño paseo por los alrededores del lodge volví al bar a tomarme un par de cervezas hasta la hora de la hamburguesa (aunque también había bocadillos de carne), mientras me entretenía observando discretamente la fauna del lugar. De fondo seguía el country y en la televisión un partido de futbol americano. Todos se alegraron mucho cuando los New York Jets ganaron a los Dallas Cowboys. No se porqué pero todo el mundo parecía tener mucha manía a los tejanos o, al menos, a su equipo de futbol. Al final resultó ser una tarde la mar de entretenida. Me fui a dormir cuando se hizo de noche, reventado después de conducir unos cuatrocientos kilómetros ese día. He de decir que mis anfitriones me miraron un tanto sorprendidos cuando les dije que venía desde Fairbanks. Imagino que mi ruta no era la habitual entre quienes van al sur desde esa ciudad.



Dormí como un tronco y a la mañana siguiente volví al bar para desayunar. Debería ser poco menos que imposible a esas alturas de viaje, pero lo cierto es que cometí un error de novato al pedir el desayuno pues tuve la brillante idea que pedir la ración grande de panqueques, una especie de torrijas gigantes mas o menos del tamaño de un plato llano, aderezadas con diferentes clases de siropes y mermeladas a gusto del consumidor, a cada cual mas dulce y empalagosa. Me costó disimular la risa cuando vi la ración, pequeña, que le sacaban al de la mesa de al lado quien había hecho el pedido justo antes que yo. Por supuesto fui incapaz de terminármela y, desde luego, ese día no comí. La taza de café, de estilo americano, te la rellenaban una y otra vez mientras fueses capaz de seguir bebiéndolo. 



Cuando mas o menos había decidido que era absolutamente incapaz de comer nada mas se sentó en mi mesa otro cliente. Era un simpático cubano americano que llevaba algo mas de treinta años en Alaska. Todavía soy incapaz de imaginar un motivo para que un caribeño acabe viviendo en un lugar tan frío como Alaska, pero éste parecía perfectamente adaptado. Estuve un rato charlando con él y, por algunos comentarios que hizo, deduje que los demás parroquianos lo habían enviado donde mi para averiguar qué se le había perdido por allí a alguien como yo. Indudablemente, desde el punto de vista de aquellos alasqueños el único bicho raro que había en cincuenta kilómetros a la redonda era yo, un extranjero con el único coche que no era un 4x4 que había por allí, sin ropa de camuflaje y lo que es aún peor, sin un triste rifle en el maletero. Lo poco que teníamos en común, aparentemente, eran la barba y mis botas de monte. 

El hombre se sorprendió bastante cuando le dije que no me interesaba la caza lo mas mínimo y que los únicos disparos que pensaba hacer eran con mi cámara de fotos pues, según parece, aunque en los meses de verano sí circulaban algunos turistas por allí, no solían hacer noche en esa ruta mientras que en la época en la que había aparecido yo, mediados de septiembre, la zona estaba plagada de cazadores deseosos de aprovechar esas escasas semanas de barra libre de pólvora y plomo. Pasé mas o menos media hora tomando café y charlando con él hasta que nos levantamos de la mesa. A él le esperaba un día de caza y a mi otro día de viaje hasta McCarthy, en el corazón del Parque Nacional Wrangell - St. Elias. 

Poco rato después, tras pagar mi cuenta y despedirme de los amabilísimos dueños del lodge me puse de nuevo en marcha, con cierta pena por irme, lo confieso. La verdad es que arranqué cuando ya no fui capaz de encontrar un motivo para retrasar mi partida. No había una sola nube a la vista con lo que llevaba la friolera de dos días seguidos de buen tiempo. Tenía unos trescientos kilómetros por delante la mitad de los cuales aproximadamente serían por pista sin asfalto, lo que me aseguraba unas cuantas horas de entretenida conducción hasta mi destino, la pintoresca población de McCarthy en el interior del Parque Nacional Wrangell - St. Elias.

Nada mas cruzar el río McLaren la carretera vuelve a ganar altura hasta alcanzar, pocos kilómetros después, el McLaren Pass, el segundo puerto de montaña mas alto de Alaska. Dado que durante toda la ruta vas ascendiendo poco a poco, no da sensación precisamente de que estés salvando un gran desnivel hasta que llegas hasta allí y te encuentras la señal que marca el lugar. De todas formas, aun estando a escasos kilómetros del lodge me costó varias horas llegar hasta aquel alto ya que, pocos kilómetros después de salir, paré a mitad de subida para hacer unas fotos del valle y al final me quedé allí durante mas de una hora, puesto que unos minutos después de llegar yo aparcó un todoterreno a mi lado del que se bajó el simpático cubano del desayuno quien, prismáticos en mano, intentaba localizar la pieza que se quería cobrar en esos días, un alce macho. 


Lo que son las cosas, donde a simple vista parecía no haber un solo animal resultó que, con ayuda de unos potentes prismáticos eso si, sí que había pues en un rato vimos no menos de una docena de alces, todos hembras con sus crías cuya caza, afortunadamente, no estaba permitida y un pequeño rebaño de caribúes. De mi ansiado lobo ni rastro, aunque me aseguraron que en esa zona cazaban varias manadas. La verdad es que pasé un rato la mar de agradable, aunque en mi fuero interno deseaba no ver ningún alce macho que se pusiera a tiro del rifle de aquel hombre. Al final me pasé toda la mañana prismáticos en mano pues unas millas después de cruzar el puerto una gran manada de caribúes se dejó ver desde la carretera, aunque no lo bastante cerca como para hacer alguna foto que valiese la pena.



Pasaba bastante de la una del mediodía cuando me acordé de mirar el reloj y me di cuenta de que no había avanzado prácticamente nada de lo que tenía por delante ese día y que a ese paso no iba a llegar nunca. En otras condiciones no me hubiese importado gran cosa, pero los últimos cien kilómetros de esa etapa eran por otra pista sin asfaltar y no me seducía nada la idea de hacerlos de noche. Además quería parar en el centro de visitantes del parque antes de que cerraran, así que tenía el tiempo justo para llegar siempre y cuando no me entretuviese demasiado por el camino.

Serían poco mas o menos las dos y media cuando llegué a Paxson, en el final de la Denali Highway. En resumen, Paxson es un cruce de carreteras con mas o menos unas tres casas que no justifican la condición de pueblo ni echándole mucha imaginación pero que, para los estándares de Alaska, es lo suficientemente grande cómo para tener un nombre propio y aparecer en un mapa. Ahí es nada.