domingo, 6 de noviembre de 2011

DEL CHILKOOT A DENALI


Me encanta Canadá. No puedo evitarlo, ni falta que hace. Es un país increíble, magnífico, inmenso, pura naturaleza, paisajes espectaculares y gente encantadora. En resumen, es genial. Aunque me temo que mis gustos me van a salir un pelín caros porque el que me encante el país hace que tenga montones de proyectos de futuros viajes al mismo. Es el inconveniente de que sea tan grande, hacen falta muchos meses para recorrerlo entero. Aun así, que después de sesenta y cinco kilómetros andando te encuentres a alguien que, después de mirarte de arriba a abajo, te pregunte si vienes del Chilkoot y después de decirle que sí te sonría, te dé la mano y la enhorabuena es suficiente para alegrarle el día a cualquiera. Eso es exactamente lo que me sucedió nada mas llegar a Log Cabin cansado, cojo y sudoroso en esa soleada mañana. Me hizo sonreír y olvidar las penurias pasadas.

El Chilkoot Trail termina en la última esquina de la Columbia Británica, casi en la frontera con el Territorio del Yukón al que no llega por escasísimos kilómetros. La salida habitual, al menos en temporada veraniega, es en tren. Como en mi caso la temporada había finalizado dos días antes de llegar a Bennett, tuve que salir de allí caminando por las vías del tren hasta llegar a Log Cabin, en la carretera que une Skagway con Whitehorse, capital del Yukón. En tiempos de la fiebre del oro, en Log Cabin estaba situado el puesto de la Policía Montada en el que se verificaba el cumplimiento de los requisitos por toda persona que quisiese entrar en Canadá por la ruta que ascendía hasta el White Pass, el camino de acceso al Yukón que partía desde la ciudad de Skagway rivalizando con el del Chilkoot, que arrancaba desde la vecina Dyea. Hoy día Log Cabin es apenas un aparcamiento en la carretera con unos paneles informativos y un apeadero en el que ni monta ni baja nadie del tren.





El día amaneció para mí cuando aún era noche cerrada, es decir, mas o menos a las tres y media de una fría mañana, varias horas antes de que amaneciese. La noche estaba despejada, con un cielo estrellado que se apreciaba con una nitidez únicamente posible en lugares en los que no hay una sola luz artificial en muchos kilómetros a la redonda. Un desayuno rápido y poco mas de una hora después, tras desmontar por última vez mi campamento, me ponía en camino completamente a oscuras armado con una linterna y cojeando de mi pierna izquierda. Por delante, algo mas de doce kilómetros de caminata por las vías del tren. Me había marcado un tiempo máximo de cuatro horas para recorrerlos. Lo hice en poco mas de tres horas y media. Imagino que los antiinflamatorios y, sobretodo, el temor de verme tirado en Log Cabin ayudaron a llevar ese ritmo. La pierna, evidentemente no.





El recorrido del tren es francamente bonito. Me quedé con pena de no haber podido hacerlo, por no decir que además me hubiese facilitado mucho las cosas. El paisaje es pura taiga, en esta época en pleno esplendor otoñal, con los tonos ocres predominando. Y el terreno es básicamente un falso llano en el que de forma casi imperceptible (una vez que pasas los dos primeros kilómetros en los que el desnivel es mayor), vas ascendiendo prácticamente hasta Log Cabin. Varios pequeños lagos van quedando a mano derecha en los que, imagino, beberá toda la fauna de la zona. Me lo habían avisado desde Skagway y no se equivocaron. Este tramo de vías es con mucho el lugar en el que mas signos de la presencia de osos vi en los cuatro días. No había un solo kilómetro en el que no hubiese heces y huellas recientes de osos. 


Así pues, con intención de espantar a todo bicho viviente que hubiese por las inmediaciones opté por hacer bastante ruido al caminar, sobre todo hasta que fuese pleno día dado que es al amanecer cuando los animales bajan a beber y no tenía ganas de encontrarme con ninguno en el último suspiro de la excursión. Hubiese sido casi como encajar un gol en el tiempo de descuento y, por supuesto, eso no entraba en mis planes.


En fin, tres horas y media después de comenzar a andar llegué a Log Cabin. Hacía bastante frío, con nubarrones en la costa y bastante mas despejado hacia el interior. En el lugar donde tenía que esperar mi transporte amenazaba con salir el sol. Un rato después me recogieron. Eran las nueve y media de la mañana. Poco menos de una hora después estaba en Skagway. La carretera sigue un trazado paralelo al ferrocarril que la “White Pass and Yukón Route” construyó para comunicar Skagway con Whitehorse, utilizando en esta zona el trazado del sendero que ascendía desde la costa hasta el White Pass, camino que hoy día no utiliza nadie. 

Aunque menos difícil que la ruta que cruzaba por el Chilkoot Pass, tampoco era precisamente una bicoca. A diferencia de la que recorrí en los últimos días, los mineros que optaban por seguir este itinerario podían utilizar animales de carga lo que, en teoría, facilitaba bastante el transporte de la tonelada de pertrechos con los que tenían que atravesar la frontera. Sin embargo el sendero no tenía nada de sencillo ni siquiera con la ayuda de animales, pues los desniveles a salvar también eran considerables y el camino atravesaba varios tramos con pasos muy estrechos que discurrían al borde de precipicios que quitan la respiración a cualquiera. 





Prueba de la dureza de esta ruta es el hecho de que el tramo mas complicado era vulgarmente conocido como “la senda de los caballos muertos”. Se da por cierto que al menos tres mil caballos y mulas de carga murieron despeñados o por agotamiento (o por ambos motivos a la vez), a lo largo de este tramo en los apenas dos años que pasaron desde el comienza de la estampida hasta que entró el ferrocarril en servicio. La mayoría de ellos desde luego, por culpa de la escasa pericia o, mas bien, de la mala cabeza de sus propietarios que los cargaban en exceso, en un infructuoso intento de reducir el número de viajes, o bien colocaban la carga de forma descompensada, provocando la caída de las pobres bestias cuando llegaban a los tramos mas difíciles. La de los animales fallecidos a lo largo de esta ruta es otra cifra mas a añadir en el debe de la fiebre del oro del Yukón.

A eso de las diez y media de la mañana me dejaron en el aeropuerto de Skagway. En principio mi avioneta no salía hasta la tarde pero desde el día anterior había estado dando vueltas a mis planes y todo dependía de que me cambiasen el vuelo para el día siguiente. La idea inicial era ir a dormir a Juneau ese día para enlazar al siguiente con un vuelo a Anchorage, desde donde iniciaría el resto de mi recorrido por Alaska con un coche de alquiler. Pero las circunstancias aconsejaban o, mas bien, casi obligaban a hacer un cambio. 

Cojo como estaba no parecía precisamente una buena idea ir a una ciudad con tantas cuestas como Juneau, “la San Francisco del norte”. Era domingo y al día siguiente en Estados Unidos era festivo, el “labor day”, por lo que en Juneau estaría todo cerrado, por no mencionar el hecho de que ninguno de los dos días funcionaba el servicio de autobuses, con lo que los desplazamientos desde el aeropuerto se encarecían sustancialmente. Ninguno de esos problemas se daba en Skagway y, además, si algo me apetecía en esos momentos era una ducha caliente. En resumen, ni me apetecía volver a Juneau ni esperar hasta la tarde para llegar a un albergue y cambiarme, por no hablar del hecho de que, cojo como estaba, tampoco tenía ganas de andar por ahí deambulando mientras esperaba la salida de una avioneta en una ciudad en la que podía empezar a llover en cualquier momento.

El amable personal de “Wings of Alaska” no me puso ninguna pega para cambiar mi vuelo para la mañana siguiente, así que me volví al albergue en el que había estado días antes y me dispuse a pasar el día relajadamente, poniendo el equipo a punto y repasando mis planes para los siguientes días. Como suele decirse nobleza obliga y una cojera ni os cuento, por lo que en esas condiciones me temía que no me iba a quedar mas remedio que relajar un poco el itinerario previsto para las dos semanas siguientes.


Después de comer salí a dar una pequeña vuelta por Skagway. Parecía una ciudad fantasma, sin los miles de personas que desembarcan de los cruceros casi a diario, así que pude caminar, muy despacio eso sí, sin tener que sortear apenas obstáculos. Buena parte de las tiendas estaban cerradas, sobre todo las joyerías, pero había unas cuantas abiertas por las que deambulaban los pocos turistas que había esa tarde por la ciudad. Aproveché para visitar un pequeño museo dedicado a la época de la fiebre del oro. Apenas lleva un rato la visita pero no deja de tener interés, sobre todo si acabas de volver de Bennett tras terminar el Chilkoot. Recuerdo no haber dejado de sonreir durante ese día cada vez que me venían a la cabeza los días pasados haciendo el trail. Aunque, para ser sinceros, lo cierto es que sigo sonriendo.

Casi me caí del susto cuando, en la primera tienda en la que metí las narices, me encontré junto a la puerta una reproducción en cartón a tamaño natural de Sarah Palin sujetando un salmón. Junto a ella había no menos de media docena de libros supuestamente escritos por ella en los que imagino que desglosa sus ideas. Digo supuestamente porque me cuesta creer que una mente tan limitada haya sido capaz de escribir tanto en los pocos años, tres concretamente, que lleva como figura pública mas o menos relevante en Estados Unidos. 

Para ser justos con la tienda he de decir que también había unas camisetas en las que salía su cara junto con la frase “puedo ver Rusia desde mi iglú”, parodia de una de sus intervenciones mas hilarantes en un debate en el que se consideró a si misma experta en temas de Rusia con el sencillo y demoledor argumento de que su estado era el que mas cerca estaba de ese país, ahí es nada. Yo no sabía que los conocimientos se adquirían por simple proximidad. Después de treinta años viviendo a unos pasos de la escuela de ingenieros de Bilbao apenas soy capaz de entender el mecanismo de un chupete pero si ella lo dice… Me imagino que por algo llegó a Gobernadora.

En fin, sustos aparte, unos souvenirs y una caña después volví al albergue. Anochecía, estaba agotado, dolorido y además empezaba a lloviznar, los ingredientes perfectos para una retirada a tiempo que, como se sabe, siempre es una victoria. Esa noche dormí como un tronco por primera vez en varios días. Es lo que tiene dormir calentito en una cama. La mañana siguiente llegó igual que había terminado el día anterior, cubierto, con una densa neblina tapando las cumbres cercanas y pinta de empezar a llover en cualquier momento. No da la sensación de que en Skagway vean mucho el sol a lo largo del año. 


Frente al mostrador de Wings nos juntamos cuatro pasajeros y no era yo precisamente el mas cargado, pues había dos chavales con pinta de estar de mudanza por la cantidad de equipaje que llevaban repartido en varias maletas cada uno. No era para menos, volvían a la universidad. Los cuatro nos echamos a reír a la vez al ver la avioneta en la que íbamos a volar. Si la del viaje de ida era pequeña ésta parecía simplemente un mosquito. Pero entramos, justitos pero entramos. La montaña de equipaje sujeta con una red y cinco asientos para el piloto y los cuatro pasajeros. Fue un vuelo entretenido. El que hice horas después en un boeing de Alaska Airlines no fue ni la mitad de interesante que éste. Este se movió un poquito mas pero eso y la mayor incomodidad lo compensaban las espectaculares vistas. Incluso vimos un grupo de ballenas nadando cerca de la costa. Podríamos haber gritado lo de “por allí resopla”, pero el ruido del motor hubiese convertido el gesto en algo tan espectacular como inútil, así que ni lo intentamos.





Una aburrida escala en Juneau y otro vuelo, bastante mas cómodo aunque no tan divertido, bastaron para dejarme en Anchorage. Tras recoger el resto de mi equipaje de la consigna me planté en el mostrador de Hertz, donde me volvieron a meter el gol de todos los años en lo que ya me empieza a parecer un clásico, que consiste en que nunca tengan el coche que he reservado y me asignen por el mismo precio uno de superior categoría. Sobre el papel es todo un detalle que te den un coche mejor, pero ésos consumen bastante mas y cuando tienes previsto recorrer varios miles de kilómetros al final se nota.

Ni entraba en mis planes parar en Anchorage ni lo hice. Pasé de largo pues conocer esa fea ciudad era algo que dejaba para el final. Pero la “Parks Highway”, carretera que va desde Anchorage hasta Fairbanks y pasa por Denali, cruza toda la ciudad, con lo que al circular por ella se ve lo suficiente como para hacerse una idea de lo que cabe esperar de ella. En resumen, vulgares edificios de poca altura entremezclados con talleres, naves industriales, centros comerciales de estilo puramente norteamericano y casas de madera con algo de jardín, con algunos rascacielos de fondo. Me recordó un poco a Calgary, otra ciudad que no me gustó nada. 

Mi intención era llegar esa tarde hasta Talkeetna, un pueblo que está mas o menos a mitad de camino entre Anchorage y el Denali National Park, de donde despegan buena parte de las avionetas que sobrevuelan el McKinley. Paré a mitad de camino para hacer la compra para los siguientes días. Era un supermercado un tanto extraño porque casi todo lo vendían en cantidades industriales, así que me llevó un cierto tiempo encontrar productos que se ajustasen a mis necesidades. 





Me planté en Talkeetna a última hora de la tarde. La carretera, todo hay que decirlo, estaba en excelentes condiciones, lo cual fue una cierta sorpresa para mi porque esperaba que estuviese bastante peor, no en vano el clima castiga mucho el asfalto. Sin embargo ésta, al igual que la mayoría de las carreteras por las que circulé, estaba francamente bien. La verdad es que era demasiado buena carretera para lo que se puede correr. Al que le guste la velocidad mejor que se olvide, pues al poco de salir de Anchorage vi un coche con radar que tenía parado a un pobre incauto que había caído en sus garras. A lo que se ve en todas partes cuecen habas, incluso en Alaska. 





El albergue de Talkeetna estaba francamente bien. Tuve suerte porque había poca gente, así que me dieron una habitación para mi sólo. Es una de las ventajas de viajar al final de la temporada. Cenar y revisar el correo y el parte meteorológico para los siguientes días es todo lo que hice antes de irme a dormir. Al día siguiente llegaría a Denali, donde tenía previsto pasar varias noches, incluidas un par de ellas en camping. La previsión hablaba de bajada de temperaturas y algo de lluvia a las noches. Nada nuevo bajo el sol de Alaska.