domingo, 6 de noviembre de 2011

DEL CHILKOOT A DENALI


Me encanta Canadá. No puedo evitarlo, ni falta que hace. Es un país increíble, magnífico, inmenso, pura naturaleza, paisajes espectaculares y gente encantadora. En resumen, es genial. Aunque me temo que mis gustos me van a salir un pelín caros porque el que me encante el país hace que tenga montones de proyectos de futuros viajes al mismo. Es el inconveniente de que sea tan grande, hacen falta muchos meses para recorrerlo entero. Aun así, que después de sesenta y cinco kilómetros andando te encuentres a alguien que, después de mirarte de arriba a abajo, te pregunte si vienes del Chilkoot y después de decirle que sí te sonría, te dé la mano y la enhorabuena es suficiente para alegrarle el día a cualquiera. Eso es exactamente lo que me sucedió nada mas llegar a Log Cabin cansado, cojo y sudoroso en esa soleada mañana. Me hizo sonreír y olvidar las penurias pasadas.

El Chilkoot Trail termina en la última esquina de la Columbia Británica, casi en la frontera con el Territorio del Yukón al que no llega por escasísimos kilómetros. La salida habitual, al menos en temporada veraniega, es en tren. Como en mi caso la temporada había finalizado dos días antes de llegar a Bennett, tuve que salir de allí caminando por las vías del tren hasta llegar a Log Cabin, en la carretera que une Skagway con Whitehorse, capital del Yukón. En tiempos de la fiebre del oro, en Log Cabin estaba situado el puesto de la Policía Montada en el que se verificaba el cumplimiento de los requisitos por toda persona que quisiese entrar en Canadá por la ruta que ascendía hasta el White Pass, el camino de acceso al Yukón que partía desde la ciudad de Skagway rivalizando con el del Chilkoot, que arrancaba desde la vecina Dyea. Hoy día Log Cabin es apenas un aparcamiento en la carretera con unos paneles informativos y un apeadero en el que ni monta ni baja nadie del tren.





El día amaneció para mí cuando aún era noche cerrada, es decir, mas o menos a las tres y media de una fría mañana, varias horas antes de que amaneciese. La noche estaba despejada, con un cielo estrellado que se apreciaba con una nitidez únicamente posible en lugares en los que no hay una sola luz artificial en muchos kilómetros a la redonda. Un desayuno rápido y poco mas de una hora después, tras desmontar por última vez mi campamento, me ponía en camino completamente a oscuras armado con una linterna y cojeando de mi pierna izquierda. Por delante, algo mas de doce kilómetros de caminata por las vías del tren. Me había marcado un tiempo máximo de cuatro horas para recorrerlos. Lo hice en poco mas de tres horas y media. Imagino que los antiinflamatorios y, sobretodo, el temor de verme tirado en Log Cabin ayudaron a llevar ese ritmo. La pierna, evidentemente no.





El recorrido del tren es francamente bonito. Me quedé con pena de no haber podido hacerlo, por no decir que además me hubiese facilitado mucho las cosas. El paisaje es pura taiga, en esta época en pleno esplendor otoñal, con los tonos ocres predominando. Y el terreno es básicamente un falso llano en el que de forma casi imperceptible (una vez que pasas los dos primeros kilómetros en los que el desnivel es mayor), vas ascendiendo prácticamente hasta Log Cabin. Varios pequeños lagos van quedando a mano derecha en los que, imagino, beberá toda la fauna de la zona. Me lo habían avisado desde Skagway y no se equivocaron. Este tramo de vías es con mucho el lugar en el que mas signos de la presencia de osos vi en los cuatro días. No había un solo kilómetro en el que no hubiese heces y huellas recientes de osos. 


Así pues, con intención de espantar a todo bicho viviente que hubiese por las inmediaciones opté por hacer bastante ruido al caminar, sobre todo hasta que fuese pleno día dado que es al amanecer cuando los animales bajan a beber y no tenía ganas de encontrarme con ninguno en el último suspiro de la excursión. Hubiese sido casi como encajar un gol en el tiempo de descuento y, por supuesto, eso no entraba en mis planes.


En fin, tres horas y media después de comenzar a andar llegué a Log Cabin. Hacía bastante frío, con nubarrones en la costa y bastante mas despejado hacia el interior. En el lugar donde tenía que esperar mi transporte amenazaba con salir el sol. Un rato después me recogieron. Eran las nueve y media de la mañana. Poco menos de una hora después estaba en Skagway. La carretera sigue un trazado paralelo al ferrocarril que la “White Pass and Yukón Route” construyó para comunicar Skagway con Whitehorse, utilizando en esta zona el trazado del sendero que ascendía desde la costa hasta el White Pass, camino que hoy día no utiliza nadie. 

Aunque menos difícil que la ruta que cruzaba por el Chilkoot Pass, tampoco era precisamente una bicoca. A diferencia de la que recorrí en los últimos días, los mineros que optaban por seguir este itinerario podían utilizar animales de carga lo que, en teoría, facilitaba bastante el transporte de la tonelada de pertrechos con los que tenían que atravesar la frontera. Sin embargo el sendero no tenía nada de sencillo ni siquiera con la ayuda de animales, pues los desniveles a salvar también eran considerables y el camino atravesaba varios tramos con pasos muy estrechos que discurrían al borde de precipicios que quitan la respiración a cualquiera. 





Prueba de la dureza de esta ruta es el hecho de que el tramo mas complicado era vulgarmente conocido como “la senda de los caballos muertos”. Se da por cierto que al menos tres mil caballos y mulas de carga murieron despeñados o por agotamiento (o por ambos motivos a la vez), a lo largo de este tramo en los apenas dos años que pasaron desde el comienza de la estampida hasta que entró el ferrocarril en servicio. La mayoría de ellos desde luego, por culpa de la escasa pericia o, mas bien, de la mala cabeza de sus propietarios que los cargaban en exceso, en un infructuoso intento de reducir el número de viajes, o bien colocaban la carga de forma descompensada, provocando la caída de las pobres bestias cuando llegaban a los tramos mas difíciles. La de los animales fallecidos a lo largo de esta ruta es otra cifra mas a añadir en el debe de la fiebre del oro del Yukón.

A eso de las diez y media de la mañana me dejaron en el aeropuerto de Skagway. En principio mi avioneta no salía hasta la tarde pero desde el día anterior había estado dando vueltas a mis planes y todo dependía de que me cambiasen el vuelo para el día siguiente. La idea inicial era ir a dormir a Juneau ese día para enlazar al siguiente con un vuelo a Anchorage, desde donde iniciaría el resto de mi recorrido por Alaska con un coche de alquiler. Pero las circunstancias aconsejaban o, mas bien, casi obligaban a hacer un cambio. 

Cojo como estaba no parecía precisamente una buena idea ir a una ciudad con tantas cuestas como Juneau, “la San Francisco del norte”. Era domingo y al día siguiente en Estados Unidos era festivo, el “labor day”, por lo que en Juneau estaría todo cerrado, por no mencionar el hecho de que ninguno de los dos días funcionaba el servicio de autobuses, con lo que los desplazamientos desde el aeropuerto se encarecían sustancialmente. Ninguno de esos problemas se daba en Skagway y, además, si algo me apetecía en esos momentos era una ducha caliente. En resumen, ni me apetecía volver a Juneau ni esperar hasta la tarde para llegar a un albergue y cambiarme, por no hablar del hecho de que, cojo como estaba, tampoco tenía ganas de andar por ahí deambulando mientras esperaba la salida de una avioneta en una ciudad en la que podía empezar a llover en cualquier momento.

El amable personal de “Wings of Alaska” no me puso ninguna pega para cambiar mi vuelo para la mañana siguiente, así que me volví al albergue en el que había estado días antes y me dispuse a pasar el día relajadamente, poniendo el equipo a punto y repasando mis planes para los siguientes días. Como suele decirse nobleza obliga y una cojera ni os cuento, por lo que en esas condiciones me temía que no me iba a quedar mas remedio que relajar un poco el itinerario previsto para las dos semanas siguientes.


Después de comer salí a dar una pequeña vuelta por Skagway. Parecía una ciudad fantasma, sin los miles de personas que desembarcan de los cruceros casi a diario, así que pude caminar, muy despacio eso sí, sin tener que sortear apenas obstáculos. Buena parte de las tiendas estaban cerradas, sobre todo las joyerías, pero había unas cuantas abiertas por las que deambulaban los pocos turistas que había esa tarde por la ciudad. Aproveché para visitar un pequeño museo dedicado a la época de la fiebre del oro. Apenas lleva un rato la visita pero no deja de tener interés, sobre todo si acabas de volver de Bennett tras terminar el Chilkoot. Recuerdo no haber dejado de sonreir durante ese día cada vez que me venían a la cabeza los días pasados haciendo el trail. Aunque, para ser sinceros, lo cierto es que sigo sonriendo.

Casi me caí del susto cuando, en la primera tienda en la que metí las narices, me encontré junto a la puerta una reproducción en cartón a tamaño natural de Sarah Palin sujetando un salmón. Junto a ella había no menos de media docena de libros supuestamente escritos por ella en los que imagino que desglosa sus ideas. Digo supuestamente porque me cuesta creer que una mente tan limitada haya sido capaz de escribir tanto en los pocos años, tres concretamente, que lleva como figura pública mas o menos relevante en Estados Unidos. 

Para ser justos con la tienda he de decir que también había unas camisetas en las que salía su cara junto con la frase “puedo ver Rusia desde mi iglú”, parodia de una de sus intervenciones mas hilarantes en un debate en el que se consideró a si misma experta en temas de Rusia con el sencillo y demoledor argumento de que su estado era el que mas cerca estaba de ese país, ahí es nada. Yo no sabía que los conocimientos se adquirían por simple proximidad. Después de treinta años viviendo a unos pasos de la escuela de ingenieros de Bilbao apenas soy capaz de entender el mecanismo de un chupete pero si ella lo dice… Me imagino que por algo llegó a Gobernadora.

En fin, sustos aparte, unos souvenirs y una caña después volví al albergue. Anochecía, estaba agotado, dolorido y además empezaba a lloviznar, los ingredientes perfectos para una retirada a tiempo que, como se sabe, siempre es una victoria. Esa noche dormí como un tronco por primera vez en varios días. Es lo que tiene dormir calentito en una cama. La mañana siguiente llegó igual que había terminado el día anterior, cubierto, con una densa neblina tapando las cumbres cercanas y pinta de empezar a llover en cualquier momento. No da la sensación de que en Skagway vean mucho el sol a lo largo del año. 


Frente al mostrador de Wings nos juntamos cuatro pasajeros y no era yo precisamente el mas cargado, pues había dos chavales con pinta de estar de mudanza por la cantidad de equipaje que llevaban repartido en varias maletas cada uno. No era para menos, volvían a la universidad. Los cuatro nos echamos a reír a la vez al ver la avioneta en la que íbamos a volar. Si la del viaje de ida era pequeña ésta parecía simplemente un mosquito. Pero entramos, justitos pero entramos. La montaña de equipaje sujeta con una red y cinco asientos para el piloto y los cuatro pasajeros. Fue un vuelo entretenido. El que hice horas después en un boeing de Alaska Airlines no fue ni la mitad de interesante que éste. Este se movió un poquito mas pero eso y la mayor incomodidad lo compensaban las espectaculares vistas. Incluso vimos un grupo de ballenas nadando cerca de la costa. Podríamos haber gritado lo de “por allí resopla”, pero el ruido del motor hubiese convertido el gesto en algo tan espectacular como inútil, así que ni lo intentamos.





Una aburrida escala en Juneau y otro vuelo, bastante mas cómodo aunque no tan divertido, bastaron para dejarme en Anchorage. Tras recoger el resto de mi equipaje de la consigna me planté en el mostrador de Hertz, donde me volvieron a meter el gol de todos los años en lo que ya me empieza a parecer un clásico, que consiste en que nunca tengan el coche que he reservado y me asignen por el mismo precio uno de superior categoría. Sobre el papel es todo un detalle que te den un coche mejor, pero ésos consumen bastante mas y cuando tienes previsto recorrer varios miles de kilómetros al final se nota.

Ni entraba en mis planes parar en Anchorage ni lo hice. Pasé de largo pues conocer esa fea ciudad era algo que dejaba para el final. Pero la “Parks Highway”, carretera que va desde Anchorage hasta Fairbanks y pasa por Denali, cruza toda la ciudad, con lo que al circular por ella se ve lo suficiente como para hacerse una idea de lo que cabe esperar de ella. En resumen, vulgares edificios de poca altura entremezclados con talleres, naves industriales, centros comerciales de estilo puramente norteamericano y casas de madera con algo de jardín, con algunos rascacielos de fondo. Me recordó un poco a Calgary, otra ciudad que no me gustó nada. 

Mi intención era llegar esa tarde hasta Talkeetna, un pueblo que está mas o menos a mitad de camino entre Anchorage y el Denali National Park, de donde despegan buena parte de las avionetas que sobrevuelan el McKinley. Paré a mitad de camino para hacer la compra para los siguientes días. Era un supermercado un tanto extraño porque casi todo lo vendían en cantidades industriales, así que me llevó un cierto tiempo encontrar productos que se ajustasen a mis necesidades. 





Me planté en Talkeetna a última hora de la tarde. La carretera, todo hay que decirlo, estaba en excelentes condiciones, lo cual fue una cierta sorpresa para mi porque esperaba que estuviese bastante peor, no en vano el clima castiga mucho el asfalto. Sin embargo ésta, al igual que la mayoría de las carreteras por las que circulé, estaba francamente bien. La verdad es que era demasiado buena carretera para lo que se puede correr. Al que le guste la velocidad mejor que se olvide, pues al poco de salir de Anchorage vi un coche con radar que tenía parado a un pobre incauto que había caído en sus garras. A lo que se ve en todas partes cuecen habas, incluso en Alaska. 





El albergue de Talkeetna estaba francamente bien. Tuve suerte porque había poca gente, así que me dieron una habitación para mi sólo. Es una de las ventajas de viajar al final de la temporada. Cenar y revisar el correo y el parte meteorológico para los siguientes días es todo lo que hice antes de irme a dormir. Al día siguiente llegaría a Denali, donde tenía previsto pasar varias noches, incluidas un par de ellas en camping. La previsión hablaba de bajada de temperaturas y algo de lluvia a las noches. Nada nuevo bajo el sol de Alaska.

martes, 18 de octubre de 2011

CAMINO SIN RETORNO... EL CHILKOOT TRAIL (III)

Es bastante deprimente intentar dormir mientras oyes como llueve sin parar sabiendo que al día siguiente te esperan otros veinte kilómetros de caminata, aunque ésta sea mas suave y llevadera que todo lo anterior. Fue una noche muy fría la que pasé en el Happy camp después de la segunda etapa del Chilkoot. No estaré muy equivocado al pensar que esa noche estuvimos bastante cerca de los cero grados. De todas formas tampoco es cuestión de quejarse por ello. No se va a Alaska a acampar esperando que haga buen tiempo. Simplemente es lo que me tocó esa noche, en la que dormí unas cuantas horas y me desperté en innumerables ocasiones. Aun así descansé bastante. Supongo que por puro agotamiento.


Me levanté poco después de que se hiciese de día. Si se había pasado toda la noche lloviendo el  nuevo día no podía ser menos así que seguía cayendo agua. Sin embargo no tenía tan mala pinta como el día anterior y desayuné mirando mas al cielo que a la taza, confiando en que en pocas horas mejoraría. Comentando la jugada con mis compañeros de camping resultó que ellos pensaban como yo, así que opté por ponerme en plan optimista y fiarme de ellos. No en vano eran yukoners y nadie mejor que ellos para conocer las particularidades del clima de la zona.

Recogido y empaquetado todo me puse de nuevo en camino rumbo al lago Bennett, a veinte kilómetros de distancia del lugar en el que me encontraba. Antes de salir estuve comentando un rato mis opciones con los otros tres, pues ellos conocían la zona. Mi problema se resumía en dónde hacer noche ese día, puesto que a la mañana siguiente tenía que estar a primera hora en Log Cabin, donde me recogerían a las diez. Mi primera opción era llegar hasta el final, el lago Bennett, lo que implicaba empezar a andar a las cinco de la mañana para recorrer los doce kilómetros y medio, a lo largo de las vías del tren, que hay desde Bennett hasta Log Cabin; la otra opción era ir a dormir directamente a Log Cabin tomando un atajo pocos kilómetros antes de Bennett, con lo que te ahorrabas varios kilómetros de caminata pero a costa de no ir hasta el final de la ruta. El inconveniente de esta segunda opción era que ese camino está oficialmente cerrado y su uso prohibido por Parks Canadá y los puentes que había para salvar los tres riachuelos existentes desmontados. Esto no sería demasiado problema si no te importase vadearlos con el agua (helada) mas o menos a la altura de la cintura. Sin embargo a mi me apetecía llegar hasta el final, completar el trail, así que me decidí por la primera opción a pesar del madrugón que me esperaba al día siguiente. 


Comencé a caminar bajo la lluvia. La mañana estaba bastante fría, aunque a lo lejos se veía un ligerísimo atisbo de sol, apenas una rendija, con lo que mis esperanzas de que se abriese un poco la capa de nubes e incluso despejase por la tarde permanecían intactas. Sin embargo en esos momentos seguía estando bajo la lluvia. Al principio el sendero discurre paralelo al río, resultando bastante incómodo porque va sobre piedras sueltas con lo que los pies te van bailando constantemente. Es fácil dejarse un tobillo si te descuidas un segundo y dejas de mirar por dónde pisas. Toda esta etapa discurre paralelamente al río y a los lagos que se van formando a medida que vas perdiendo altitud, lo que no significa que no haya que salvar algún repecho de vez en cuando. Se salvan fácilmente siempre y cuando no tengas ningún problema físico a estas alturas de la ruta. Desafortunadamente para mi no fue mi caso.

Una primera subida se supera un poco después de salir del Happy camp, cuando la ruta se aleja ligeramente del Long Lake dando un pequeño rodeo, hasta volver a él para alcanzar el punto en el que tenemos que cruzarlo por un par de pasarelas que llevan hasta el camping que hay entre éste y el Deep Lake, justo cuatro kilómetros después de comenzar a andar. En esta zona la vegetación aún escasea bastante, limitándose a pequeños arbustos y matas de arándanos que se agarran como buenamente pueden a un terreno muy rocoso y congelado a muy poca profundidad. Cuando llegué al camping del Deep lake aun llovía bastante. Dos rangers de Parks Canadá estaban allí en ese momento. Hacían el recorrido inverso al mío. Estuve un momento charlando con ellas y opté por continuar pues llevaba poco mas de una hora andando y a buen ritmo, para variar. Además en ese camping no había donde guarecerse, ni una cabaña que hiciese las veces de cocina, así que no tenía nada que hacer allí.  Me informaron, eso sí, de que el resto de la ruta estaba en buenas condiciones, que no habían visto osos por la zona y que, además, se preveía mejoría para esa misma tarde, lo que me alegró el resto de la mañana.

Desde este punto el sendero discurre en paralelo primero al lago y después al río que lo comunica con el siguiente, y mucho mayor, lago Lindeman, junto al que se camina durante el resto de la etapa. A partir de aquí vuelve a aparecer la taiga en forma de esmirriados arbolillos que apenas servirían de abeto navideño en la casa de los siete enanitos. El desproporcionado grosor del tronco para su escasa altura puede dar una cierta idea de lo duras que son las condiciones en estas tierras. 

Un embarrado sendero bordea el pequeño Deep Lake por su orilla izquierda hasta el estrecho desfiladero en el que éste empieza a desaguar, formando una serie de rápidos que varios kilómetros después desembocan en el bastante mayor lago Lindeman. En este tramo el camino serpentea por lo alto del desfiladero, de tal forma que del río únicamente tenemos el estruendo formado por los rápidos que discurren bastantes metros por debajo nuestro.

Estos rápidos son una de las principales razones que hicieron que descender navegando desde este punto no fuese una opción muy popular durante los veranos de 1898 y 1899. Después del tremendo esfuerzo que suponía ascender el Chilkoot Pass no era cuestión de jugarse el pellejo gratuitamente tan pronto por unos pocos kilómetros, los que había hasta Lindeman City o, todavía mejor opción, hasta el lago Bennett. Durante el invierno, los futuros mineros recorrían este pequeño tramo arrastrando sus pertenencias en trineos o por medio de un sistema de vagonetas que se construyó para comunicar el Happy camp con Lindeman City, a orillas del lago del mismo nombre, algunos de cuyos restos aún son visibles a lo largo de este tramo. Los mas osados, sin embargo, una vez comenzado el deshielo optaban por iniciar la navegación desde aquí, dado que todos estos lagos y ríos son tributarios del Yukón y podían igualmente alcanzar su destino. El inconveniente eran los dos tramos de rápidos que había que salvar antes de llegar al lago Bennett.

En el invierno de 1897 - 1898 Lindeman City era una ciudad de tiendas de campaña y algún que otro edificio de madera con varios miles de habitantes que decidieron esperar al deshielo aquí, en lugar de continuar hasta el cercano lago Bennett. Situada bajo el límite de altitud que marca en esta zona el paso de la taiga a la tundra, la abundancia de madera hizo que bastantes mineros se quedasen aquí para construir sus barcas y balsas con las que iniciar el descenso hasta Dawson City, abundancia que por otro lado fue efímera pues los miles de embarcaciones que, mejor o peor construidas, fueron botadas al agua en estos apenas dos años se construyeron a costa de talar todo árbol existente en muchos kilómetros a la redonda. Hoy día los bosques se han recuperado y el paisaje vuelve a ser prácticamente igual al que había antes de la estampida, si exceptuamos los restos arqueológicos que de aquella época se conservan diseminados por toda la zona. Lindeman City duró apenas un suspiro pues en el otoño de 1899, con la puesta en servicio del ferrocarril del White Pass, la ciudad fue abandonada.

No soy consciente de en qué punto me empezó a incordiar la rodilla. Sólo sé que mientras descendía hacia el lago Lindeman empecé a notar unas molestias que paulatinamente se fueron convirtiendo en un fuerte dolor, hasta el punto de que llegué al camping de Lindeman City cojeando de la pierna izquierda. Para entonces había dejado de llover y empezaba a asomar algún pequeño claro en el cielo. Un pequeño descanso para almorzar y vuelta al camino. En vista de los dolores los aproximadamente doce kilómetros restantes hasta llegar al lago Bennett se preveían complicados, así que no era cuestión de remolonear. Por desgracia no estaba equivocado pues en llano mas o menos podía andar, pero si ir cuesta arriba me costaba un disparate cuesta abajo simplemente veía las estrellas cada vez que apoyaba el pie. 

Da bastante rabia que te suceda eso cuando estás andando a buen ritmo y disfrutando de la marcha y del paisaje. Y realmente no te queda mas remedio que seguir adelante pues en el Chilkoot Trail no tienes escapatoria. Una vez que comienzas, o te das la vuelta al principio o llegas hasta el final. No hay otra forma de salir, salvo que consigas que alguien avise a un helicóptero que por un nada módico importe, si no tienes seguro que te cubra, te saque de allí. Aviso complicado porque, por supuesto, no hay cobertura de móvil. Total que comencé a andar de nuevo teniendo claro que llegar al lago Bennett me iba a llevar mas tiempo del que había previsto en un principio y que, además, era muy probable que estuviese sólo el resto del día pues el resto de caminantes que había por la zona habían decidido llegar hasta Log Cabin directamente. Ya me había despedido de los simpáticos yukoners en Lindeman, de donde salían cuando llegué yo y al ritmo que llevaba en ese momento no contaba con volver a verlos ni por casualidad.



Desde Lindeman City la ruta discurre mas o menos en paralelo al lago, que dejamos a unos cientos de metros a nuestra izquierda, durante los aproximadamente doce kilómetros que quedan hasta el final, con pequeñas subidas y bajadas que en circunstancias normales se recorren sin problema pero que a mi se me hicieron duros porque cada paso que daba era como una patada en la rodilla. El paisaje muy bonito, eso sí, pues se atraviesan bosquecillos, riachuelos y pequeños lagos, siempre con el lago Lindeman de fondo. Unos kilómetros antes de Bennett está el pequeño camping del Bare Loon Lake. Los servicios del camping, similares al resto. 

Los últimos dos o tres kilómetros del Chilkoot Trail discurren por un terreno arenoso un tanto incómodo para andar. Con el lago Bennett de fondo eché el resto para llegar cuanto antes. Ambos lagos están separados por un tramo de aproximadamente un kilómetro de peligrosos rápidos que salvan el desnivel existente entre los dos. Estos rápidos, junto con los que separan el Deep Lake del Lindeman, hicieron que la mayor parte de los miles de personas que pusieron rumbo al Klondike en los años 1897 - 1899 eligiesen las orillas del lago Bennett como punto de partida. Al igual que en los alrededores de Lindeman City no quedó un árbol en pie en toda la zona, pues todos se talaron para construir las barcas y balsas necesarias para navegar los mas de ochocientos kilómetros restantes hasta Dawson City. A partir de este punto los tramos mas peligrosos del trazado se limitaban prácticamente a los rápidos existentes en la zona de Whitehorse, de los que la ciudad tomó su nombre, y los peligrosísimos “five fingers”, mas o menos a mitad de camino, en los que muchos mineros naufragaron a apenas unos cientos de kilómetros de su destino. 



En todos los puntos en los que los mineros iniciaban la navegación la Policía Montada del Noroeste vigilaba porque no se echase al agua ningún bote que, según su criterio, no reuniese las condiciones necesarias para soportar toda la travesía, junto con su carga y sus pasajeros. Si alguna conclusión se desprende de toda la historia que rodeó la estampida al Klondike de fines del siglo XIX, es la muy diferente actitud que mostraron las autoridades de los dos países implicados en ella, pues si por parte estadounidense se optó, conscientemente, por no dotar de ningún tipo de autoridad ni legislación a la región, posibilitando que en ella imperase la ley del mas fuerte (o la del tirador mas rápido, que es casi lo mismo), la actuación responsable de la Policía Montada salvó las vidas de innumerables personas, que se habían lanzado a una aventura sin medios, conocimiento de la región ni de los fundamentos mínimos para su subsistencia.



A media tarde llegué al final del Chilkoot Trail, el lago Bennett. Una estación de tren y una pequeña capilla restauradas son casi todo lo que queda de esa apasionante época. El camping está situado a orillas del lago, junto a unos tocones clavados en el agua, únicos restos del embarcadero desde el que hace poco mas de un siglo se hicieron al agua miles de personas en busca de un oro que a la inmensa mayoría de ellas les fue esquivo. 




 Estaba cansado después de una etapa de veinte kilómetros mas de la mitad de los cuales había recorrido cojeando. Y desde luego con la pierna hecha polvo. Aun así lo había terminado y por ello estaba contentísimo. El cielo estaba ya prácticamente despejado, apenas unos jirones de nubes como recuerdo de las penurias del día anterior era lo que quedaba de un día que había empezado lloviendo. 



Coloqué mi tienda y me preparé para pasar la última noche en el Chilkoot Trail completamente solo a orillas del Bennett. Soplaba un airecillo bastante frío, pero soportable con algo de ropa de abrigo. Se me hizo de noche preparando la cena y, tras dejar todo listo para el día siguiente, me eché a dormir. Para llegar sin agobios a Log Cabin había calculado que tendría que salir a las cinco de la mañana. En otras circunstancias podría haber apurado mas pero con la rodilla en esas condiciones necesitaba mas margen. No tenía intención de quedarme tirado en el último minuto y tenía un vuelo que coger al día siguiente aunque, para ser sinceros, en esos momentos ya tenía otros planes…


SE ACERCA EL INVIERNO... EL CHILKOOT TRAIL (II)

Como diría Joaquín Sabina, el verano pasó y el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno… En mi caso apenas fue una mañana, la que pasó desde que salí del Sheep camp hasta que llegué al Chilkoot Pass. No pasé frío durante mi primera noche de camping pero sí me levanté con la sensación de no haber pegado apenas ojo. Imagino que el cansancio de la caminata y la falta de costumbre de dormir en el suelo y en saco me pasaron factura. En resumen, dormí poco y mal pero mentiría si dijese que no contaba con ello. Amaneció nublado, mas frío que la víspera, a priori era un buen día para andar. 

Poco después del amanecer me levanté. Tras desayunar y levantar el campamento me puse en marcha. Por delante tenía la etapa mas dura de toda la marcha y, posiblemente, de todo el viaje. No eran mas que doce kilómetros y medio, pero por el tipo de terreno y el perfil de la etapa iba a hacer falta una buena dosis de esfuerzo por mi parte para terminarla. En pocas palabras, me esperaba un puerto de categoría especial y unos veinte kilos a cuestas. La climatología adversa llegó después.



En cuanto abandonas el Sheep camp el camino comienza a ascender sin interrupción hasta el Chilkoot Pass a casi 1200 metros sobre el nivel del mar, de los cuales casi la mitad prácticamente se salvan en el ultimo kilómetro de ascensión. Poco después de abandonar el camping el camino atraviesa una zona donde las avalanchas son frecuentes en el invierno. Las empinadas laderas de piedras amontonadas son el resultado de siglos de aludes, terremotos y desprendimientos que van quedando a derecha e izquierda según se asciende hacia las balanzas por un sendero que discurre paralelo a un riachuelo. Lo que unos kilómetros mas abajo es el caudaloso río Taiya es aquí apenas un manantial de aguas heladas, producto del deshielo de los glaciares que hay a lo largo de la ruta y de las nieves que se acumulan a lo largo del invierno. 



Durante los primeros kilómetros la ruta transcurre por un estrecho y pelín resbaladizo sendero de tierra, que se va complicando a medida que la pendiente aumenta y empiezan a aparecer las piedras, esas mismas que poblaban las laderas y que ahora pasan a ser el propio camino. Seguir tanto las marcas colocadas por los Rangers como los inukshuk que abundan a todo lo largo de la ruta es obligado a partir de ahora, pues el sendero ya no se distinguirá durante varios kilómetros. De hecho ya no hay sendero, nada que pueda ser considerado como tal. Los restos oxidados de la época de la fiebre del oro son muy abundantes en esta zona, tanto que hay que ir con mucha atención  para evitar que un pie se enganche en alguno de los muchos restos de cable que hay en esta parte de la ruta. Según se gana altitud el paisaje va cambiando. Desaparecen los árboles para quedar apenas unos arbustos y matas de arándanos, alimento favorito de los osos. Es la tundra, que en estas latitudes empieza a aparecer a apenas unos cientos de metros del nivel del mar, cota que va disminuyendo cuanto mas al norte te desplazas. En esta época del año el otoño ya se ha echado encima y los colores que predominan en el paisaje son cálidos, los ocres de las piceas de Sitka y los rojos y granates de los arbustos y matas de arándanos. 



Después de una dura y, por momentos, incómoda ascensión que me llevó varias horas llegué a las balanzas. Para entonces lo que había empezado como un día nublado se había transformado en uno invernal. Uno de esos días en los que si estás en casa ni borracho te planteas salir a la calle. Porque al poco de empezar a andar comenzó a lloviznar, llovizna que lejos de amainar caía mas fuerte según ganabas altura y avanzaba la mañana, y a soplar un viento racheado que llegó acompañado de un espeso banco de niebla que impedía distinguir lo que había a apenas unos cuantos metros por delante de tus narices. Por supuesto las temperaturas bajaron de golpe unos cuantos grados. Para darle un poco mas de emoción al asunto, la lluvia había transformado el incómodo camino de piedras en algo bastante resbaladizo, así que lo que hasta ahora había sido un duro ejercicio físico pasó a ser pura y simplemente un deporte de riesgo. Los dos bastones que llevaba para ayudarme durante la travesía pasaron a convertirse en imprescindibles en esta parte del recorrido. Si no los hubiese tenido conmigo no tengo ninguna duda de que antes o después habría acabado rodando por el suelo.


Al abandonar el Sheep camp comenzaba el auténtico drama para los aspirantes a mineros que elegían esta ruta para llegar al Yukón. Algo mas de cinco kilómetros de dura ascensión por un terreno malo y peligroso, propenso a las avalanchas, hasta llegar a “las balanzas”, el punto en el que los mineros se detenían para pesar y equilibrar la carga antes de acometer la última y peor fase de la ascensión, las “golden stairs” o escaleras de oro. Durante el invierno de 1897 - 1898, con la ruta completamente cubierta por la nieve, se tallaron las escaleras en el hielo y se tendió una cuerda en paralelo a las mismas para facilitar un agarre a los caminantes, quienes subían en fila india uno detrás de otro sin parar hasta hacer cumbre. Si alguno tenía que detenerse por algún motivo podían pasar horas hasta que hubiese un hueco en la fila y pudiese continuar la marcha. Fotografías tomadas durante este atroz invierno muestran la hilera de mineros ascendiendo en mitad de un paisaje completamente nevado, en lo que es un documento histórico para mi gusto espeluznante. 



Puesto que tenían que subir una tonelada de peso por cabeza eran necesarios de treinta a cuarenta viajes de media. En el mejor de los casos un minero podía completar la ascensión de las escaleras dos veces en un día así que, desde que partían por primera vez del Sheep camp hasta que hacían cumbre por última vez en el Chilkoot Pass, hacía falta como mínimo un mes. En lo alto se encontraba el puesto fronterizo en el que la Policía Montada verificaba la carga y autorizaba la entrada en Canadá a los mineros. Una vez en el alto aproximadamente la mitad del camino hasta el lago Bennett estaba cubierto. Lo mas difícil se había superado, lo que no quiere decir que la parte restante fuese un camino de rosas.

Llegué a las balanzas a mediodía. Para ese entonces el tiempo era ya bastante malo, aunque susceptible de empeorar, porque cada vez las nubes se cerraban mas, el sirimiri caía con mas fuerza y hacía mas frío. En ese momento ya llevaba puestas todas las prendas de abrigo que llevaba conmigo. Las balanzas no son mas que una plataforma, por llamarla de algún modo, mas o menos llana de piedras depositadas allí por los aludes entre las cuales fluyen innumerables arroyos producto del deshielo y las lluvias. En el pasado hubo un pequeño campamento que hacía de base para los mineros que en esa época intentaban el ascenso. No era el lugar mas idóneo porque el peligro de avalancha era grande, pero no había otra posibilidad y el riesgo iba incluido en la aventura. Los restos de aquella época son innumerables en esta zona, con un pequeño cementerio incluido, y en algunos tramos se hace difícil no enredar los pies entre ellos. Seguir las marcas de la ruta es en este punto indispensable. 

Cuando comencé a ascender la niebla impedía ver la cumbre. Mejor dicho, impedía ver casi todo lo que había por delante. Las varas naranjas que los Rangers colocan para señalizar la ruta mas recomendable para la ascensión, estaban situadas mas o menos a unos diez metros de distancia entre sí y no se veían nunca mas de cuatro. Con una pendiente media de unos cuarenta y cinco grados que se asciende casi en línea recta, las “golden stairs” son el producto de siglos de desprendimientos, erosión, terremotos y aludes, que habían dejado miles de toneladas de piedras sueltas, fundamentalmente granito, amontonadas unas encima de otras formando una empinada ladera de superficie bastante inestable y, por momentos, resbaladiza.

La ascensión es lenta no sólo por la dureza de la pendiente sino también porque, como he mencionado anteriormente, en multitud de ocasiones las piedras por las que había que ascender se movían al poner un pié en ellas, con lo que había que estar seguro de que al menos el otro pie o los brazos estaban firmemente apoyados. Los bastones eran de bastante ayuda, salvo en aquellos momentos en los que el tamaño de las piedras o el mayor desnivel obligaba a usar las manos para salvar el obstáculo. La lluvia obligaba a tomar aún mas precauciones, pues a las dificultades del terreno en sí había que añadir la posibilidad de sufrir un resbalón. Únicamente agradecí la niebla. Me impidió hacer alguna foto pero con el vértigo que tengo, si hubiese visto lo que tenía por debajo no sé que hubiese pasado.

Después de una durísima y complicada ascensión se llega a un punto en el que pareces haber llegado a la meta pero no, mi gozo en un pozo, pues antes de llegar al alto hay una falsa cumbre, aunque por la niebla a mi me pareció que había varias. Una pequeña vaguada cubierta por el hielo, aun mas resbaladizo que las piedras, y una nueva ascensión, aunque no tan larga como la anterior, y de repente estás en la cumbre. Has coronado el Chilkoot Pass. Una cabina de madera en la que ondea la bandera canadiense te recuerda que acabas de entrar en otro país. Es la cabaña que Parks Canadá mantiene para que la utilicen los rangers que patrullan ese tramo de la ruta. Nunca me había costado tanto esfuerzo cruzar una frontera. Cuando llegué al alto caía aguanieve y estaba bastante agotado por el esfuerzo físico. Calculo que me llevó una hora y media cubrir los aproximadamente novecientos metros que hay entre las escalas y el paso y hasta la fecha han sido los novecientos metros mas largos de mi vida.

De la chimenea de la cabina salía humo y había luz. Al acercarme se abrió la puerta y Brian, el Ranger que en ese momento estaba allí me invitó a pasar. Un chocolate caliente y una hora allí sentado charlando al calor de la estufa me reanimaron. Lo malo es que únicamente había cubierto media etapa y mi destino, el Happy camp, estaba a varios kilómetros de allí, así que no me quedó mas remedio que abandonar el calor de la estufa (el único que sentí en esos cuatro días) y volver a ponerme en marcha. Por lo que me había contado Brian el resto de la etapa era bastante mas sencillo, con un kilómetro de bajada con bastante pendiente y varios tramos de hielo como lo peor de todo. Lo demás era un camino bastante llano bordeando el Cráter Lake, con pequeñas subidas y bajadas que parecían una broma comparado con lo anterior. El rocoso paisaje era de tundra pura y dura, con algunos escuálidos arbolillos desperdigados aquí y allá de aspecto un tanto tristón. 



Reconozco que disfruté poco del paisaje. Si no hubiese estado tan cansado y el tiempo hubiese sido mejor posiblemente me habría encantado, pero la niebla, el frío y la lluvia combinan mal con el cansancio y con el recuerdo del calor que hacía en la cabaña. Lo cierto es que lo único que quería era llegar a mi meta, acampar y hacer lo posible por entrar en calor. 



Llovía bastante intensamente cuando llegué al Happy camp. Para entonces llevaba un buen rato caminando con el único pensamiento de encender un fuego en la estufa que, como había visto en todos los campings anteriores, estaba seguro que habría en la cabaña que hacía de cocina en el Happy camp. No creo que seáis capaces de imaginar la decepción que me llevé al llegar y darme cuenta de que ese es el único camping de todo el Chilkoot Trail que no cuenta con ese maravilloso invento entre sus instalaciones. La cabaña que hace las veces de cocina - comedor del Happy camp únicamente tenía dos mesas, unos bancos y unas cuerdas para colgar la ropa. Nada de chimeneas, estufas de leña o algo que se le parezca. 

Al llegar estaban los tres yukoners en una de las mesas preparándose la cena, así que yo me senté en la otra para hacer lo mismo. La verdad es que nunca me han sabido tan bien una sopa de sobre y unos fideos chinos. Me hicieron entrar en calor y junto con una taza de te ardiendo me quitaron el frío del día, aunque hubiese preferido la chimenea. Entre los cuatro llenamos las cuerdas de capas, gorros y demás prendas de agua para que se escurriesen, si es que era posible, durante una noche que se presentaba bastante mas fría que la anterior. Estuvimos charlando un buen rato mientras cenábamos. Eran encantadores. Como todos los canadienses que me he cruzado hasta ahora en mis viajes, tengo que añadir. Me pregunto si lo llevarán en su ADN…

martes, 27 de septiembre de 2011

LA QUIMERA DEL ORO. EL CHILKOOT TRAIL (I)



Poco antes de las ocho y media de la mañana estaba esperando, con una mochila cargada hasta los topes, a que me recogiesen para llevarme hasta el comienzo del Chilkoot Trail, junto a las escasas ruinas de lo que una vez fue la efímera ciudad de Dyea, a unos quince kilómetros de Skagway. Hace poco mas de un siglo ambas ciudades habían pasado en pocos meses de tener apenas medio puñado de habitantes a varias decenas de miles entre las dos y ambas rivalizaban entre sí por hacerse con la ruta hacia las minas de oro del Klondike, con todo el negocio que ello implicaba. Pero eso fue hace poco mas de un siglo. Hoy en día una de ellas, Dyea, no existe y la otra, Skagway, no llega al millar de habitantes. Su apogeo duró tanto como duró la fiebre del oro del Klondike, apenas dos o tres años, y con la misma rapidez que estas ciudades crecieron decayeron al agotarse las concesiones de oro en el Yukón. Skagway a duras penas se mantuvo al estar al inicio de la ruta del nuevo ferrocarril que se había construido para comunicar la costa con la ciudad de Whitehorse, a orillas del Yukón, si bien de sus mas de veinte mil habitantes en 1898 paso a apenas quinientos a comienzos del siglo XX. Dyea simplemente desapareció, fue abandonada. No tenía sentido una ciudad en una ruta por la que ya no iba nadie. Y eso era Dyea desde que se inauguró el ferrocarril, una ciudad fantasma. Otro tanto pasó con otras ciudades, como Canyon City o Lindeman City, que surgieron a lo largo de la ruta del Chilkoot Pass. Fueron abandonadas. Sin mas.

Con la exactitud propia de un reloj suizo me recogieron en Skagway y me descargaron, una media hora después, en el comienzo de la ruta. El día, con nubes y claros lo que en Alaska y en septiembre (aunque sea el día 1) significa buen tiempo, aunque sin que haya que descartar un chaparroncillo a lo largo del día. Frío, ni gota, ni falta que hacía por cierto. Por delante tenía una etapa de unos veinte kilómetros no especialmente complicada. Un sendero bien marcado, principalmente de tierra en los primeros kilómetros, que en algunos tramos se presentaba resbaladizo porque los días anteriores había llovido. Durante esta etapa el camino discurre prácticamente en paralelo al río Taiya, a lo largo de un estrecho valle, siguiendo antiguos senderos madereros. Los primeros kilómetros son prácticamente llanos, cruzando sobre varios riachuelos y charcas, lo que ha hecho necesarios varios tramos de pasarelas de madera para cruzarlas. Cuando las crucé yo había problema, ni me mojé los pies; dos semanas antes el agua me hubiese llegado casi hasta la cintura. 

El sendero discurre por un terreno prácticamente llano hasta que se llega a Canyon City, en la milla 7.5 de la ruta, de la que apenas quedan un par de edificios en ruinas y algunos restos de antigua maquinaria a unos cientos de metros de actual zona de acampada. Canyon City, como las demás efímeras ciudades que surgieron a lo largo de la ruta, apenas si fue un asentamiento de tiendas de campaña, junto con algunos edificios que básicamente albergaban la maquinaria de las compañías que se establecieron a lo largo de la ruta y que, por un no tan módico precio, transportaban mediante un sistema de teleféricos las vituallas de los futuros mineros.

La primera oleada de mineros arribó a Dawson City, en el Territorio del Yukón, a finales de verano de 1897. Hasta entonces esa ciudad apenas sí había sido un asentamiento con un puñado de mineros y tramperos en mitad de la nada, de un territorio básicamente inexplorado dominado por un río que permanecía congelado unos nueve meses al año y que además era la principal y casi única vía de comunicación de la zona, lo que en la práctica suponía unos nueve meses de aislamiento al año con respecto al resto del mundo. Como ya he comentado anteriormente, ese mismo aislamiento fue el que impidió que la noticia del descubriendo de oro llegase al resto del mundo hasta casi un año después. Para cuando la noticia llegó al público y decenas de miles de personas se pusieron en camino, las concesiones mineras mas productivas ya habían sido adjudicadas meses antes entre los habitantes de la zona, de tal forma que la mayor parte de los que se apuntaron a la estampida hacia el Klondike se encontraron, sin saberlo, con que antes incluso de que se pusiesen en camino no había ni concesiones para adjudicarse ni mas oro que descubrir.


Las noticias acerca de la escasez de alimentos en Dawson City, por no hablar de hambruna, durante el invierno de 1897 - 1898, junto con el hecho de que el Congreso de los Estados Unidos continuaba ignorando lo que sucedía en su nevera de Alaska, hicieron que la Policía Montada del Noroeste de Canadá tomase cartas en el asunto. Fueron los únicos. Samuel Steele, Superintendente de la Policía Montada del que ya tuve ocasión de hablar algo en el diario sobre el viaje a Canadá del año pasado, dictó una orden según la cual no se permitiría la entrada en Canadá a nadie que no acreditase contar con los medios suficientes para sobrevivir un año en la región. Además se instalaron puestos fronterizos en las dos rutas, la del Chilkoot y la del White Pass, en los que se verificaba la posesión de dichos efectos. 


La medida tenía su razón de ser en lo que he comentado antes acerca del territorio, dado que una vez en él las opciones de conseguir lo necesario para la subsistencia hasta el siguiente año (o mejor dicho, hasta el siguiente deshielo) eran reducidísimas. La lista de efectos que sugerían que se debían llevar consigo era enorme incluyendo alimentos, herramientas, equipo completo de acampada (de la época) y un botiquín con productos básicos, lo que en conjunto equivalía a una tonelada de peso por cabeza, además de una cantidad de dinero en efectivo que podía variar en función de si en su lugar se transportaban efectos en mayor cantidad. Por poner un ejemplo un equipaje tipo incluía 400 libras de harina, 150 de tocino, 125 de frijoles, 25 de azúcar y frutos secos, 10 de te y de café, 15 de sal… y quinientos dólares en efectivo.

A lo largo de las dos rutas que se abrieron surgieron algunas empresas que, por medio de un sistema de teleféricos, transportaban dichas pertenencias por tramos hasta el Chilkoot Pass. La realidad era que un considerable porcentaje de los que intentaban la ruta del Chilkoot no se lo podían permitir, lo que hizo que tuviesen que acarrearlo todo por etapas cargándolo en sus espaldas a lo largo de las 33 millas de la ruta hasta Bennett. Los futuros mineros no tenían grandes motivos para preocuparse por que nadie les robase sus pertenencias a lo largo de la ruta. Dado que nadie imponía el orden en la zona estadounidense, los propios mineros se constituían en improvisados tribunales que se encargaban de juzgar y condenar los pocos casos de robo que se producían. Como entendían que saquear las pertenencias de los mineros era el delito mas grave que se podía cometer, pues en la práctica suponía condenar a éstos a la muerte por inanición, los propios stampeders, como se los conocía vulgarmente, juzgaban y, tras democrática votación entre todos los presentes, normalmente ahorcaban sin muchas dilaciones a quien sorprendiesen haciéndolo. En la parte de Canadá podían considerarse seguros. Allí era la Policía Montada del Noroeste la que se ocupaba de mantener el orden y garantizar la integridad de las posesiones de cada uno.

En cuanto dejas atrás el camping de Canyon City el valle se estrecha y la ruta comienza a ganar altura mientras, a su vez, el río discurre por un angosto cañón. El paisaje sigue siendo de bosque lluvioso constituido fundamentalmente por alerces y píceas de Sitka, forrados de musgo y helechos en su base, tan cerrado que parece misión imposible internarse en él. La sensación de que al cruzar esa zona se hace necesario hacer ruido no te abandona en todo el día. El bosque es tan frondoso que podría haber un oso a dos metros tuyo completamente escondido entre esa tupida vegetación. Por suerte para mi, pues estaba haciendo la ruta completamente solo (o al menos eso creía), no vi trazas ni huellas de oso en todo el día, aunque si de otros animales. Después de Canyon City llega la parte mas complicada e incomoda de la etapa, con fuertes repechos seguidos de igualmente empinadas bajadas, por momentos bastante resbaladizas, y varios arroyos que cruzar pasando de piedra en piedra. Nunca lamentaré haberme comprado las botas Salomon que me llevé a este viaje. La calidad de la suela y del gore-tex que lleva entre sus componentes para mi están ya fuera de toda duda.

Una vez que se llega a la milla 10,5 , donde está el Pleasant camp, el sendero vuelve a discurrir en paralelo al río Taiya, cada vez mas un riachuelo estrecho y rápido que se alimenta de los múltiples arroyos y cascadas que vamos dejando atrás. Las tres millas anteriores han sido las mas duras del día, con algún resbalón incluido, y las poco mas de dos restantes, aunque fáciles de recorrer, hasta llegar al punto donde voy a hacer la primera noche se hacen ya un poco largas. La mochila empieza a pesar y las ganas de quitársela de encima e instalar el campamento son grandes.

Hacia las seis de la tarde llegué al Sheep camp, algo mas de veinte kilómetros después de Dyea, donde tenía previsto hacer noche. Para mi sorpresa, había otras tres personas por allí, tres encantadores yukoners con los que a partir de entonces iría coincidiendo durante el resto del Trail. Poco después se nos unieron otras dos personas mas, una pareja de checos, con lo que en total seríamos seis personas haciendo la ruta en esas fechas. Muy poco, comparado con los cincuenta diarios que hubo hasta la semana anterior.

El Sheep camp es el último y el mayor de los campings que hay en el lado estadounidense de la ruta. La mayoría de los que hacen la ruta pasan una noche aquí pues es el camping mas cercano a la parte mas dura de la misma, lo que permite acortar esa etapa. El siguiente camping está a unos doce kilómetros y medio, pasado el Chilkoot Pass, y el tiempo mínimo que se tarda en recorrerlos es de unas ocho largas horas. Por ello lo normal es que se haga noche en el Sheep camp y, si al día siguiente te ves con fuerzas suficientes, alargues la etapa y hagas noche mas allá del Happy camp. 

Las instalaciones del Sheep camp son muy básicas, apenas un par de cabañas que hacen funciones de cocina, unas letrinas y unas plataformas individuales de madera para instalar las tiendas, además de los contenedores antiosos para dejar la comida. Importante llevar un paquetito con clavos para poder instalar la tienda, porque el único camping en el que se instalan en el suelo es el del lago Bennett. En fin, planté mi tienda y empecé a prepararme la cena. A eso de las siete apareció un ranger estadounidense que nos explicó con bastante detalle las características de la etapa que teníamos por delante. Lo cierto es que no nos lo pintó fácil. Visto lo que fue el día siguiente la verdad es que fue bastante realista en sus afirmaciones. Anocheció, estaba despejado y la temperatura bajó bastante de golpe. Pero esto allí es lo normal. Es Alaska.