El bus avanzaba dando tumbos por la pista de tierra que atraviesa el parque mas o menos de este a oeste, deteniéndose cuando algún animal se cruzaba en nuestro camino o se dejaba ver entre los arbustos, fundamentalmente de arándanos, que cubren buena parte de la superficie del parque. Imagino que durante el deshielo el paisaje sería completamente distinto, pues donde yo veía cauces de varios cientos de metros de anchura prácticamente secos habría caudalosos ríos y los rojos y ocres que predominaban en los arbustos serían de un verde brillante.
La ascensión al Polychrome Pass, mas o menos a mitad de camino, me dejó una cierta sensación de vértigo en el cuerpo al ver el precipicio que se abría a mi izquierda mientras el bus ascendía por la, por momentos, estrecha y un tanto sinuosa pista. Una pequeña parada en el alto para ver el paisaje y otra posterior en el Eielson Visitor Centre fueron suficientes para que me hiciese una idea bastante aproximada del frío que iba a pasar esos dos días pues el viento que soplaba era gélido pero, como ya he dicho anteriormente, esto es Alaska y es lo que toca. Varios osos, algún caribú, un pequeño rebaño de carneros de Dall y unas seis horas de traqueteo después llegamos al camping de Wonder Lake, casi al final de la carretera que cruza el parque, en la milla ochenta y seis concretamente. Está en el punto mas cercano al Denali desde la carretera, así que las vistas de la montaña son espectaculares siempre y cuando el día esté completamente despejado o, al menos, la zona de la cumbre. Lamentablemente no era el caso. La cordillera de Alaska, incluido el Denali, estaba completamente cubierta por un manto de nubes que se adhería a las cumbres como las lapas a la piedra. En el resto del cielo se abrían bastantes claros. De hecho el día cada vez estaba mas despejado pero en lo que se refería a la cima del Denali no se percibía ni la mas mínima mejoría.
Tras instalar mi campamento y prepararme algo de comer me fui a dar una pequeña vuelta por la zona. El lago no estaba lejos así que, cámara en mano, me fui hasta allí poco a poco. Me pasé un buen rato a la orilla. Un grupo de colimbos nadaban y pescaban por allí, así que pasé un buen rato la mar de entretenido. Me quedé hasta el atardecer, así que mas que un rato fueron unas horas, momento en el que empezó a refrescar y me di cuenta de que quedarme quieto no era buena idea.
Al poco de volver al campamento tuvimos visita. Un enorme alce macho se paseó a unos cincuenta metros por delante nuestro con la parsimonia propia de quien se sabe a salvo de cazadores y escopeteros en general. Los habitantes de Alaska suelen decir que se nota que la serie “doctor en Alaska” no está rodada en Alaska porque el alce que sale en los créditos de la serie cruzando la calle es demasiado pequeño para ser de allí. Viendo el ejemplar que pasaba por delante nuestro me inclino a creerlos. Tras saciar su sed en una charca cercana se marchó con la misma calma con que había llegado. Viéndolo desaparecer pude darme cuenta de hasta que punto la vegetación engaña a la vista, pues a pesar del tamaño del animal este quedaba completamente camuflado entre lo que hasta ahora yo había considerado unos pequeños arbustos. No dejaba de resultar un tanto inquietante la idea, pues si un animal del tamaño de un caballo percherón podía esconderse sin problema detrás de ellos un oso pardo lo tendría aun mas fácil.
Era casi de noche cuando el alce desapareció y noche cerrada mientras cenaba así que recogí todo rápidamente y me eché a dormir en el saco, listo para pasar otra fría noche en el interior de Alaska. Estaba muerto de sueño, así que creo que ni un oso me hubiese despertado. Si alguno merodeó por allí esa noche desde luego yo no me enteré.
A la mañana siguiente lloviznaba. A estas alturas ya tenía claro que dos días seguidos de buen tiempo en Alaska es poco menos que un milagro. No tenía demasiada prisa, así que desmonté tranquilamente el campamento después de desayunar con idea de subir al bus a media mañana y retroceder hasta el camping donde pasaría esa noche, unas cincuenta millas antes. Hacía bastante frío esa mañana. Me abrigué todo lo que pude y me fui a dar una vuelta por los alrededores del camping para hacer unas fotos y aprovechar el rato que tenía por delante hasta la hora de arrancar. Tuve suerte pues pocos minutos después de ponernos en camino descargó un chaparrón de miedo, con lo que me salvé de una mojadura por los pelos. Ahora bien, si me quedaba alguna esperanza de que la cumbre del McKinley asomase entre las nubes en ese momento desapareció por completo.
Sin embargo ese iba a ser mi día de suerte o casi. Porque una hora después despejó. Fue el tiempo que tardamos en ir en el bus, en medio de una inmensa tromba de agua, hasta el pequeño pueblo de Kantishna en el final de la carretera y volver. Así que tuve que cambiar el chubasquero por las gafas de sol y, ya en tiempo de descuento, sacar la cámara para hacer alguna foto a la cumbre. Lo cierto es que el perfil de la montaña impresiona. Son casi cinco mil metros de desnivel que empequeñecen todo lo demás.
Y decía que este iba a ser mi día de suerte porque durante este viaje de vuelta vimos un montón de animales. Para empezar, una osa y dos crías que descansaban en mitad de la pista a no mas de cuatro o cinco kilómetros del camping y que echaron a correr en cuanto nos vieron aparecer por allí. Además hubo caribúes, un rebaño de carneros de Dall que pastaba junto a la carretera, mas osos poniéndose morados a arándanos y alces, tanto machos como hembras de alce con ese andar desgarbado tan característico.
Ahora bien, la estrella del día fue un lobo que fugazmente vimos pasar a poco mas de veinte metros de nosotros. Muy fugazmente porque no nos dio tiempo a tirar una mísera foto. Tres veces he visto lobos en mi vida y las tres me ha sido imposible hacerle una foto. Es un tanto frustrante dado que en este viaje mi objetivo era cruzarme con algún lobo. Eso lo conseguí, pero sigo sin haber podido hacerle una maldita foto. Osos ya había visto unos cuantos el año anterior en Canadá así que no me obsesionaba tanto cruzarme con uno pero los lobos… En fin, está visto que tendré que intentarlo de nuevo. Es un animal que me resulta simpático y, sin embargo, se me resiste.
A medida que avanzaba el día el tiempo mejoraba y para primera hora de la tarde estaba ya completamente despejado, lo que en esa zona significa que la noche será muy fría. A media tarde, poco después de nuestro encuentro con el lobo y de ver algún otro oso mas, el autobús me dejó en el lugar donde dormiría esa noche. El camping de Igloo Creek era lo opuesto al de Wonder Lake. Pequeño, de apenas una decena de plazas y ubicado junto a un riachuelo que te proporciona toda el agua que quieras, helada eso sí, y bastante humedad por la noche lo que, unido al frío que ya de por sí hacía, hacía que el mejor lugar para estar tras la puesta de sol fuese el interior del saco. Vamos, que tras instalar el campamento, materia en la que a esas alturas ya era todo un experto, me puse a preparar la cena en compañía de una pareja de lo que me pareció una especie de perdiz que se paseaba por allí sin inmutarse lo mas mínimo por mi presencia. Imagino que estaban mas que acostumbradas a la presencia de humanos o, al menos, de los que van por ahí sin escopeta, ya que a la mañana siguiente se volvieron a presentar durante el desayuno.
Poco menos que engullí mi cena pues para cuando terminé de instalarme y prepararla ya era casi de noche y hacía un frío que pelaba. A esas temperaturas la comida se enfría volando así que como te descuides un minuto te lo comes todo a temperatura ambiente. Sin embargo esa noche devoré la cena porque en esos momentos tenía mas ganas de envolverme en el saco que otra cosa, lo que no se puede hacer hasta haber recogido y puesto a buen recaudo todo aquello que deje el mas mínimo rastro que pueda atraer al sensible olfato de los osos.
Esa noche heló en Denali. Si la noche que pasé en el Happy Camp durante el Chilkoot Trail fue desagradable por la lluvia, ésta fue dura por el frío. Tenía un buen saco pero eso no impedía que tuviese la cara helada. Por la mañana el tiempo seguía despejado. Mi intención para ese día era recorrer por mi cuenta los primeros kilómetros de la carretera que atraviesa el parque y, si acaso, caminar un rato por alguno de los senderos que hay por la zona. Seguía teniendo problemas con la rodilla, pero sin el peso de la mochila a la espalda veía factible darme un corto paseo siempre y cuando no hubiese grandes desniveles que salvar. Si algo tenía claro a esas alturas era que todo lo que implicase subir y, sobre todo, bajar cuestas conllevaba ver las estrellas de cerca y sin telescopio. En llano y sin llevar peso encima aún podía aguantar un rato andando.
Desmonté el campamento por última vez con tiempo suficiente para desayunar y subir al bus que me dejaría en el centro de visitantes a eso del mediodía. Una ducha, por un módico precio eso sí, y un pequeño almuerzo con un antiinflamatorio de postre hicieron que me sintiese casi como nuevo y listo para la última excursión por Denali. La carretera que parte del centro de visitantes internándose en el parque y que ya había recorrido los dos días anteriores, salva un pequeño desnivel a lo largo de los primeros kilómetros en los que el paisaje cambia por completo. Un amarillento bosque en pleno otoño deja paso a una rojiza tundra atravesada de cuando en cuando por cauces de ríos prácticamente secos a la espera del siguiente deshielo.
Pronto tuve premio en forma de hembra de alce cruzando tranquilamente uno de ellos. A decir verdad este fue el día que mas alces vi en todo el viaje, pues un rato después otra pareja pasó junto a mi, apenas a tres o cuatro metros, cuando regresaba de hacer una corta ruta que hay justo donde las barreras cierran el paso a todos los vehículos no autorizados a recorrer el resto del parque. Y entre los autobuses y coches que estábamos por la zona poco menos que cortamos la carretera cuando otros cuatro machos se dejaron ver en una ladera cercana. Hubo varios mas pero me extendería demasiado y la verdad es que entre unos y otros hicieron que la tarde se me pasase volando. Desgraciadamente a esas alturas el tiempo había empeorado, con un pequeño chaparrón incluido. Además tenía pinta de que se nos iba a echar encima una buena tormenta, por lo que a media tarde opté por irme poco a poco hacia el albergue donde iba a pasar la noche, que era el mismo en el que había estado días antes, con la sana intención de descansar una noche entera en condiciones y revisar mis planes para los siguientes días. Creo que no me di cuenta de lo cansado que estaba hasta que llegué al albergue.
Dediqué lo que quedaba de tarde a labores de intendencia o sea, poner la lavadora y hacer recuento de las provisiones que me quedaban y ver lo que podría necesitar para los siguientes días. Al final me había decantado por acercarme hasta Fairbanks, pues con mi cambio de planes me quedaban un par de días libres antes de llegar al Parque Nacional Wrangell St. Elias. Inicialmente los iba a dedicar a hacer una ruta por ese parque de unos cincuenta kilómetros. En mis circunstancias esto era absolutamente inviable. Así que en vista de que disponía de algo de tiempo decidí incluir esta ciudad en el itinerario.
Por ello, mientras la lavadora estaba en marcha aproveché para revisar a fondo la ruta de los dos siguientes días pues, del mismo modo que había decidido desviarme un par de cientos de kilómetros para llegar hasta Fairbanks, no estaba dispuesto a renunciar a la ruta que había escogido para llegar al Wrangell, lo que implicaba retroceder hasta el último de todos y cada uno de los kilómetros que recorriese al día siguiente. Son las ventajas de estar de vacaciones. Puedes permitirte ir por la ruta turística, aunque en este caso eso no debería tomarse en el sentido literal de la expresión. Mas adelante os contaré por qué…

























