martes, 18 de octubre de 2011

SE ACERCA EL INVIERNO... EL CHILKOOT TRAIL (II)

Como diría Joaquín Sabina, el verano pasó y el otoño duró lo que tarda en llegar el invierno… En mi caso apenas fue una mañana, la que pasó desde que salí del Sheep camp hasta que llegué al Chilkoot Pass. No pasé frío durante mi primera noche de camping pero sí me levanté con la sensación de no haber pegado apenas ojo. Imagino que el cansancio de la caminata y la falta de costumbre de dormir en el suelo y en saco me pasaron factura. En resumen, dormí poco y mal pero mentiría si dijese que no contaba con ello. Amaneció nublado, mas frío que la víspera, a priori era un buen día para andar. 

Poco después del amanecer me levanté. Tras desayunar y levantar el campamento me puse en marcha. Por delante tenía la etapa mas dura de toda la marcha y, posiblemente, de todo el viaje. No eran mas que doce kilómetros y medio, pero por el tipo de terreno y el perfil de la etapa iba a hacer falta una buena dosis de esfuerzo por mi parte para terminarla. En pocas palabras, me esperaba un puerto de categoría especial y unos veinte kilos a cuestas. La climatología adversa llegó después.



En cuanto abandonas el Sheep camp el camino comienza a ascender sin interrupción hasta el Chilkoot Pass a casi 1200 metros sobre el nivel del mar, de los cuales casi la mitad prácticamente se salvan en el ultimo kilómetro de ascensión. Poco después de abandonar el camping el camino atraviesa una zona donde las avalanchas son frecuentes en el invierno. Las empinadas laderas de piedras amontonadas son el resultado de siglos de aludes, terremotos y desprendimientos que van quedando a derecha e izquierda según se asciende hacia las balanzas por un sendero que discurre paralelo a un riachuelo. Lo que unos kilómetros mas abajo es el caudaloso río Taiya es aquí apenas un manantial de aguas heladas, producto del deshielo de los glaciares que hay a lo largo de la ruta y de las nieves que se acumulan a lo largo del invierno. 



Durante los primeros kilómetros la ruta transcurre por un estrecho y pelín resbaladizo sendero de tierra, que se va complicando a medida que la pendiente aumenta y empiezan a aparecer las piedras, esas mismas que poblaban las laderas y que ahora pasan a ser el propio camino. Seguir tanto las marcas colocadas por los Rangers como los inukshuk que abundan a todo lo largo de la ruta es obligado a partir de ahora, pues el sendero ya no se distinguirá durante varios kilómetros. De hecho ya no hay sendero, nada que pueda ser considerado como tal. Los restos oxidados de la época de la fiebre del oro son muy abundantes en esta zona, tanto que hay que ir con mucha atención  para evitar que un pie se enganche en alguno de los muchos restos de cable que hay en esta parte de la ruta. Según se gana altitud el paisaje va cambiando. Desaparecen los árboles para quedar apenas unos arbustos y matas de arándanos, alimento favorito de los osos. Es la tundra, que en estas latitudes empieza a aparecer a apenas unos cientos de metros del nivel del mar, cota que va disminuyendo cuanto mas al norte te desplazas. En esta época del año el otoño ya se ha echado encima y los colores que predominan en el paisaje son cálidos, los ocres de las piceas de Sitka y los rojos y granates de los arbustos y matas de arándanos. 



Después de una dura y, por momentos, incómoda ascensión que me llevó varias horas llegué a las balanzas. Para entonces lo que había empezado como un día nublado se había transformado en uno invernal. Uno de esos días en los que si estás en casa ni borracho te planteas salir a la calle. Porque al poco de empezar a andar comenzó a lloviznar, llovizna que lejos de amainar caía mas fuerte según ganabas altura y avanzaba la mañana, y a soplar un viento racheado que llegó acompañado de un espeso banco de niebla que impedía distinguir lo que había a apenas unos cuantos metros por delante de tus narices. Por supuesto las temperaturas bajaron de golpe unos cuantos grados. Para darle un poco mas de emoción al asunto, la lluvia había transformado el incómodo camino de piedras en algo bastante resbaladizo, así que lo que hasta ahora había sido un duro ejercicio físico pasó a ser pura y simplemente un deporte de riesgo. Los dos bastones que llevaba para ayudarme durante la travesía pasaron a convertirse en imprescindibles en esta parte del recorrido. Si no los hubiese tenido conmigo no tengo ninguna duda de que antes o después habría acabado rodando por el suelo.


Al abandonar el Sheep camp comenzaba el auténtico drama para los aspirantes a mineros que elegían esta ruta para llegar al Yukón. Algo mas de cinco kilómetros de dura ascensión por un terreno malo y peligroso, propenso a las avalanchas, hasta llegar a “las balanzas”, el punto en el que los mineros se detenían para pesar y equilibrar la carga antes de acometer la última y peor fase de la ascensión, las “golden stairs” o escaleras de oro. Durante el invierno de 1897 - 1898, con la ruta completamente cubierta por la nieve, se tallaron las escaleras en el hielo y se tendió una cuerda en paralelo a las mismas para facilitar un agarre a los caminantes, quienes subían en fila india uno detrás de otro sin parar hasta hacer cumbre. Si alguno tenía que detenerse por algún motivo podían pasar horas hasta que hubiese un hueco en la fila y pudiese continuar la marcha. Fotografías tomadas durante este atroz invierno muestran la hilera de mineros ascendiendo en mitad de un paisaje completamente nevado, en lo que es un documento histórico para mi gusto espeluznante. 



Puesto que tenían que subir una tonelada de peso por cabeza eran necesarios de treinta a cuarenta viajes de media. En el mejor de los casos un minero podía completar la ascensión de las escaleras dos veces en un día así que, desde que partían por primera vez del Sheep camp hasta que hacían cumbre por última vez en el Chilkoot Pass, hacía falta como mínimo un mes. En lo alto se encontraba el puesto fronterizo en el que la Policía Montada verificaba la carga y autorizaba la entrada en Canadá a los mineros. Una vez en el alto aproximadamente la mitad del camino hasta el lago Bennett estaba cubierto. Lo mas difícil se había superado, lo que no quiere decir que la parte restante fuese un camino de rosas.

Llegué a las balanzas a mediodía. Para ese entonces el tiempo era ya bastante malo, aunque susceptible de empeorar, porque cada vez las nubes se cerraban mas, el sirimiri caía con mas fuerza y hacía mas frío. En ese momento ya llevaba puestas todas las prendas de abrigo que llevaba conmigo. Las balanzas no son mas que una plataforma, por llamarla de algún modo, mas o menos llana de piedras depositadas allí por los aludes entre las cuales fluyen innumerables arroyos producto del deshielo y las lluvias. En el pasado hubo un pequeño campamento que hacía de base para los mineros que en esa época intentaban el ascenso. No era el lugar mas idóneo porque el peligro de avalancha era grande, pero no había otra posibilidad y el riesgo iba incluido en la aventura. Los restos de aquella época son innumerables en esta zona, con un pequeño cementerio incluido, y en algunos tramos se hace difícil no enredar los pies entre ellos. Seguir las marcas de la ruta es en este punto indispensable. 

Cuando comencé a ascender la niebla impedía ver la cumbre. Mejor dicho, impedía ver casi todo lo que había por delante. Las varas naranjas que los Rangers colocan para señalizar la ruta mas recomendable para la ascensión, estaban situadas mas o menos a unos diez metros de distancia entre sí y no se veían nunca mas de cuatro. Con una pendiente media de unos cuarenta y cinco grados que se asciende casi en línea recta, las “golden stairs” son el producto de siglos de desprendimientos, erosión, terremotos y aludes, que habían dejado miles de toneladas de piedras sueltas, fundamentalmente granito, amontonadas unas encima de otras formando una empinada ladera de superficie bastante inestable y, por momentos, resbaladiza.

La ascensión es lenta no sólo por la dureza de la pendiente sino también porque, como he mencionado anteriormente, en multitud de ocasiones las piedras por las que había que ascender se movían al poner un pié en ellas, con lo que había que estar seguro de que al menos el otro pie o los brazos estaban firmemente apoyados. Los bastones eran de bastante ayuda, salvo en aquellos momentos en los que el tamaño de las piedras o el mayor desnivel obligaba a usar las manos para salvar el obstáculo. La lluvia obligaba a tomar aún mas precauciones, pues a las dificultades del terreno en sí había que añadir la posibilidad de sufrir un resbalón. Únicamente agradecí la niebla. Me impidió hacer alguna foto pero con el vértigo que tengo, si hubiese visto lo que tenía por debajo no sé que hubiese pasado.

Después de una durísima y complicada ascensión se llega a un punto en el que pareces haber llegado a la meta pero no, mi gozo en un pozo, pues antes de llegar al alto hay una falsa cumbre, aunque por la niebla a mi me pareció que había varias. Una pequeña vaguada cubierta por el hielo, aun mas resbaladizo que las piedras, y una nueva ascensión, aunque no tan larga como la anterior, y de repente estás en la cumbre. Has coronado el Chilkoot Pass. Una cabina de madera en la que ondea la bandera canadiense te recuerda que acabas de entrar en otro país. Es la cabaña que Parks Canadá mantiene para que la utilicen los rangers que patrullan ese tramo de la ruta. Nunca me había costado tanto esfuerzo cruzar una frontera. Cuando llegué al alto caía aguanieve y estaba bastante agotado por el esfuerzo físico. Calculo que me llevó una hora y media cubrir los aproximadamente novecientos metros que hay entre las escalas y el paso y hasta la fecha han sido los novecientos metros mas largos de mi vida.

De la chimenea de la cabina salía humo y había luz. Al acercarme se abrió la puerta y Brian, el Ranger que en ese momento estaba allí me invitó a pasar. Un chocolate caliente y una hora allí sentado charlando al calor de la estufa me reanimaron. Lo malo es que únicamente había cubierto media etapa y mi destino, el Happy camp, estaba a varios kilómetros de allí, así que no me quedó mas remedio que abandonar el calor de la estufa (el único que sentí en esos cuatro días) y volver a ponerme en marcha. Por lo que me había contado Brian el resto de la etapa era bastante mas sencillo, con un kilómetro de bajada con bastante pendiente y varios tramos de hielo como lo peor de todo. Lo demás era un camino bastante llano bordeando el Cráter Lake, con pequeñas subidas y bajadas que parecían una broma comparado con lo anterior. El rocoso paisaje era de tundra pura y dura, con algunos escuálidos arbolillos desperdigados aquí y allá de aspecto un tanto tristón. 



Reconozco que disfruté poco del paisaje. Si no hubiese estado tan cansado y el tiempo hubiese sido mejor posiblemente me habría encantado, pero la niebla, el frío y la lluvia combinan mal con el cansancio y con el recuerdo del calor que hacía en la cabaña. Lo cierto es que lo único que quería era llegar a mi meta, acampar y hacer lo posible por entrar en calor. 



Llovía bastante intensamente cuando llegué al Happy camp. Para entonces llevaba un buen rato caminando con el único pensamiento de encender un fuego en la estufa que, como había visto en todos los campings anteriores, estaba seguro que habría en la cabaña que hacía de cocina en el Happy camp. No creo que seáis capaces de imaginar la decepción que me llevé al llegar y darme cuenta de que ese es el único camping de todo el Chilkoot Trail que no cuenta con ese maravilloso invento entre sus instalaciones. La cabaña que hace las veces de cocina - comedor del Happy camp únicamente tenía dos mesas, unos bancos y unas cuerdas para colgar la ropa. Nada de chimeneas, estufas de leña o algo que se le parezca. 

Al llegar estaban los tres yukoners en una de las mesas preparándose la cena, así que yo me senté en la otra para hacer lo mismo. La verdad es que nunca me han sabido tan bien una sopa de sobre y unos fideos chinos. Me hicieron entrar en calor y junto con una taza de te ardiendo me quitaron el frío del día, aunque hubiese preferido la chimenea. Entre los cuatro llenamos las cuerdas de capas, gorros y demás prendas de agua para que se escurriesen, si es que era posible, durante una noche que se presentaba bastante mas fría que la anterior. Estuvimos charlando un buen rato mientras cenábamos. Eran encantadores. Como todos los canadienses que me he cruzado hasta ahora en mis viajes, tengo que añadir. Me pregunto si lo llevarán en su ADN…

No hay comentarios:

Publicar un comentario