Anchorage es la mayor ciudad de Alaska, aunque no su capital. Mas de un tercio de la población del estado se concentra en esta bastante fea ciudad. Básicamente consiste en unos cuantos edificios tipo colmena en el centro con varios rascacielos (a escala de Alaska, no de Nueva York precisamente), entre ellos el clásico Hilton, edificio que por dentro ignoro cómo será pero por fuera es de una vulgaridad que asusta; y después unos kilométricos suburbios al estilo norteamericano puro y duro, es decir, casas de madera todas diferentes y con jardincillo, normalmente lleno de trastos, junto con multitud de talleres de reparación de coches y avionetas y negocios de todo tipo, pequeños y grandes almacenes y centros comerciales de barrio. En resumen, totalmente prescindible. Ahora bien, teniendo en cuenta que Anchorage es el principal punto de entrada en Alaska por vía aérea pasar por allí es poco menos que inevitable.
En mi caso estuve en esa ciudad mas o menos un día, tiempo de sobra para ver lo poco (por no decir nada) de interés que hay en ella. Dado que los últimos días en Kenai mi idea era improvisar la ruta sobre la marcha, no tenía mas remedio que hacer noche en ella. El horario de mi vuelo me obligaba a estar en el aeropuerto a primera hora de la tarde y no podía arriesgarme a tener que llegar a la carrera desde donde estuviese. En mi caso ese lugar era Homer, que quedaba a unas cuatro horas de viaje. Muy justo para hacer en el mismo día y eso sin tener el mas mínimo contratiempo.
Salí de Homer lloviendo y no paró prácticamente en ningún momento hasta que llegué a Anchorage. De todas formas, como buena parte del camino consistía en deshacer lo andado tampoco me importó demasiado, aunque perdí la oportunidad de parar en un punto en el que en ocasiones, y con la marea apropiada, se ven cerca de la costa, desde la misma carretera, ballenas beluga. Fue el único inconveniente de ese día, pero en Alaska no se puede confiar en que uno va a llegar al sitio preciso en condiciones idóneas para hacer lo que quiera hacer. No es tan fácil y los planes no siempre salen bien porque el clima manda y allí cambia con demasiada facilidad.
Total, que me planté en el albergue que tenía reservado en Anchorage a primera hora de la tarde del día anterior a mi regreso a casa. Tras instalarme decidí darme una vuelta por el centro de la ciudad. No me llevó mucho que se diga porque realmente no hay nada que ver, así que dediqué un rato a hacer algunas compras. No deja de sorprenderme lo barata que es la ropa en Estados Unidos, aunque Alaska sea mas caro que el resto del país. Así pues dediqué la tarde a comprar algunos regalos que tenía pendientes y después me volví al albergue a cenar y a organizar el equipaje que tenía que facturar al día siguiente.
En el albergue me encontré con que tenía un compañero de habitación que también era de Bilbao. Creo que le eché un jarro de agua fría porque el chaval acababa de llegar y se iba a pasar allí tres semanas. Su problema era que prácticamente no se había informado nada antes de llegar y no sabía que, para ir de turismo a Alaska, un 20 de septiembre es pronto para algunas cosas y muy tarde para otras. En su caso quería ver auroras boreales y, aunque posible, en esa época es poco probable, mientras que para todo lo demás que ofrece Alaska ya era muy tarde, con Denali y Wrangell - St. Elias cerrados y con la zona costera con la temporada prácticamente finalizada, a falta de tres o cuatro días para echar el cierre. Para conducir por el estado no iba a tener mayor problema pero dudo que pudiese hacer mucho mas. Espero que le fuese bien y que a pesar de todo disfrutase del viaje.
A la mañana siguiente poco me quedaba por hacer salvo volver al centro y, aprovechando que había salido bastante buen día, hacer alguna foto de la ciudad si es que lograba encontrar alguna vista que compensase el esfuerzo. Alguna cayó, aunque no muchas. Un almuerzo ligero y una parada en la gasolinera para repostar el coche antes de devolverlo fue lo último que hice antes de llegar al aeropuerto, con las consabidas tres horas de antelación a la salida del vuelo. Ese es el margen con el que recomiendan estar para coger un vuelo internacional en Estados Unidos (y ahora en casi cualquier parte del mundo). A mi me pareció bastante excesivo porque los controles de seguridad al final tampoco son para tanto y ese es un aeropuerto pequeño, pero tampoco te la puedes jugar así como así. Sobre los controles he de decir que he conocido varios aeropuertos no estadounidenses donde pasar esos filtros lleva bastante mas tiempo.
Me dio pena subir al avión porque había disfrutado mucho del viaje aunque, por otra parte, estaba bastante cansado. Alaska no es un destino fácil si lo que pretendes es algo mas que sacar unas cuantas fotos desde el arcén de la carretera. Varios días de caminatas y acampada, 1870 millas conduciendo, unas cuantas navegando, muchas mas volando y tres semanas después de salir de casa aterrizaba de nuevo en Frankfurt, donde iba a pasar una última noche antes de llegar a Bilbao. Cosas de los horarios de las aerolíneas. Sin embargo no puedo quejarme puesto que Frankfurt me gustó, y además mucho o, al menos, lo que me dio tiempo a ver.
Siendo sinceros he de decir que al planear este viaje no me preocupé de informarme de esta ciudad mas que lo justo para llegar al albergue desde el aeropuerto y poco mas. Del resto pensaba enterarme cuando llegase al albergue, donde esperaba conseguir el típico plano gratuito que me permitiese darme una vuelta por allí sin tener que parecer demasiado perdido. Teniendo en cuenta que el albergue estaba en pleno centro lo del mapa resultó ser totalmente prescindible. Aunque me dieron uno no lo saqué del bolsillo.
Si soy sincero mis conocimientos sobre Frankfurt eran bastante limitados antes de hacer este viaje. Básicamente consistían en saber que aquí está la sede del Banco Central Europeo, que hay una salchicha que lleva el nombre de esta ciudad y, para los de mi edad, una cosa mas y no menos importante, pues Frankfurt es la ciudad a la que se llevaron a una pobre niña llamada Heidi para arrojarla en las garras de una especie de bruja solterona con pinta de grulla llamada “Señorita Rottenmeier”, que consiguió aterrorizar a toda mi generación. Comprenderéis que las referencias no invitaban demasiado al optimismo…
Sin embargo he de decir que lo que vi de Frankfurt me encantó. Igual ayudó que esos días se celebraba una especie de pequeño mercado de productos artesanos, entre los que se contaban varios tipos de salchicha y no menos clases de cervezas alemanas. Como os podréis imaginar me puse morado a bocadillos de salchichas de nombres impronunciables acompañados de cervezas de diferentes e igualmente complicadas denominaciones, lo que me ayudó a superar el jet lag con bastante facilidad. De hecho, dado que al día siguiente mi vuelo salía por la tarde volví a almorzar allí, por supuesto mas salchichas y mas cervezas. Ésta pequeña degustación de salchicha y cerveza unida al codillo que me cené la noche antes de llegar a Alaska acompañado de la inevitable, y bastante repugnante, col amarga que los alemanes se empeñan en colocar como acompañamiento, ha hecho que en estos momentos me considere poco menos que un experto en gastronomía germana. No me extraña que a éstos hasta la paella o la tortilla congelada mas cutre les parezca un manjar. Tienen el paladar educado a base de martillazos.
En fin, gastronomía alemana aparte, aproveché la tarde que llegué a Frankfurt para dar una vuelta por el centro y la mañana siguiente para completar el recorrido, incluida una visita a lo alto de la torre de la catedral para ver sus impresionantes vistas de la ciudad y otra al francamente interesante Museo Judío. En ello se me fue la última mañana de mi viaje. Para ese entonces Alaska quedaba ya bastante lejos, aunque no tanto como la sentí en el momento en que el 737 de Lufthansa aterrizó en Bilbao y me desperté de golpe en la cruda realidad, la de que un par de días después tenía que volver al trabajo y que para el próximo viaje tendría que pasar un año, un largo invierno y una vuelta a empezar con planes, preparativos y nervios. Ese aterrizaje en la pista de Bilbao es una pesadilla que se repite año tras año. Es como un mal sueño que no me apetece nada tener pero que se que inevitablemente voy a sufrir, al menos hasta que me toque la lotería...








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