sábado, 17 de septiembre de 2011

SKAGWAY

 En torno a las diez de la mañana me planté en el aeropuerto de Juneau ante el mostrador de Wings of Alaska, con todos los bártulos necesarios (y probablemente alguno de mas) para pasar los días siguientes haciendo el Chilkoot Trail. No lo voy a negar, también tenía bastante curiosidad por saber en que clase de avioneta me iban a llevar hasta Skagway. La compañía la había localizado por internet y tras varios intentos hasta conseguí comprar el billete en la web. No me defraudó, en la pista había una avioneta Cessna de hasta 12 plazas (aunque ese día sólo tenía 8 asientos, el resto era para carga) y un solo motor, pero que tenía muy buena pinta. Puntualidad absoluta y trato exquisito. No puedo quejarme, la verdad. El día, nublado, amenazando lluvia pero sin viento, así que el vuelo fue bastante bueno. 

Me senté en el lado derecho de la avioneta, cosa importante en este trayecto porque todo el paisaje se aprecia desde este lado. Hacia la izquierda, el mar y las islas a lo lejos que forman los estrechos canales del pasaje interior. A la derecha, montañas que caen casi verticalmente hasta el mar, forradas de árboles que se agarran a la roca en unas laderas de pendiente tan pronunciada que casi parece un milagro que se mantengan en pie; cascadas que surgen de cada grieta de las montañas, recogiendo el agua de la lluvia que prácticamente sin dar tregua machaca esa región y van a caer directamente al mar; y de fondo algunos magníficos glaciares de hielo azulado con ríos naciendo de ellos, cuyas aguas de color lechoso por todos los sedimentos que arrastran hacen que al desembocar en el mar éste cambie de color. Fue un estupendo vuelo de casi una hora. Aterrizamos en Skagway donde el día estaba tan nublado como en Juneau, pero ni llovía ni tenía pinta de que fuese a hacerlo en las siguientes horas.

Skagway era poco menos que el centro de la borrasca en la época de la fiebre del oro del Klondike, sucedida básicamente hacia 1898. Lo que hasta un par de años antes apenas si llegaba a ser un pequeño asentamiento con un puñado de habitantes pasó a convertirse en cuestión de meses en toda una ciudad de mas de 20000 habitantes con docenas de hoteles, restaurantes, casinos, bancos, burdeles y todo negocio que cabría esperar en una ciudad fronteriza poblada de aventureros y buscavidas. El descubrimiento de oro en el arroyo Rabbit, en la zona del Klondike, fue hacia septiembre de 1896. Como en esa época el Yukón comienza a congelarse (el río permanece helado en torno a nueve meses al año), los afortunados nuevos ricos se quedaron todo el invierno atrapados en Dawson City esperando al siguiente deshielo y con ellos la noticia del descubrimiento, que no llegó hasta que el buque Portland arribó al puerto de Seattle el verano siguiente y el Excelsior al de San Francisco, ambos cargados de oro con sus correspondientes dueños . 

Un titular de periódico rotundo, “ORO, ORO, ORO” y la noticia de que un grupo de mineros (si no me equivoco fueron 68) llegaba con mas de una tonelada de oro a bordo del Portland (al final  el oro que llevaban en el barco pesaba mas de dos) provocaron una estampida de gente ansiosa por hacer fortuna en el Yukón. En cuestión de semanas todo crucero, carguero, remolcador, barcaza o bañera en condiciones de flotar fue acondicionada y cargada con los miles de personas que llegaban a los puertos de San Francisco y Seattle buscando la forma mas rápida de alcanzar el Yukón, quienes se apretaban junto con sus enseres como sardinas en lata, dado que los armadores vendían hasta el último centímetro cuadrado disponible, incluyendo, por supuesto, las cubiertas de los barcos. 

      La cuestión es que ni Alaska ni el Yukón son California, escenario de la anterior gran fiebre del oro, y para cuando los miles de aspirantes a mineros llegaron a los puertos de San Francisco y Seattle, el invierno se había echado de nuevo encima y tuvieron que esperar hasta la primavera siguiente para ponerse en camino. Los que consiguieron llegar a Skagway en el otoño de 1897 se pasaron el invierno esperando a que se descongelasen el lago Bennett y el Yukón para poder continuar su viaje y alcanzar el Klondike. En el verano de 1898 mas de cincuenta mil personas pasaron por Skagway durante su viaje en busca del oro. Muchos no llegaron al final y la inmensa mayoría de los que lo lograron no encontraron nada.


Skagway no tenía nada que pudiese considerarse un puerto en aquella época así que los barcos, para evitar embarrancar en la bajamar, echaban el ancla a mas o menos una milla de la ciudad y desde allí los pasajeros, con el agua cubriéndoles al menos por la cintura, tenían que arrastrar todas sus pertenencias hasta tierra firme o contratar porteadores que lo hiciesen. Al llegar a tierra se encontraban un mar de tiendas de campaña y una ciudad crecida en pocos meses con barrizales por calles y un puñado de gángsters imponiendo su ley, con “Soapy” Smith a la cabeza. Como el Gobierno y el Congreso estadounidense seguían pasando olímpicamente de gobernar Alaska, en ciudades como Skagway en una época tan turbulenta como esta los gángsters impusieron su ley, la del mas fuerte, resolviendo sus disputas al estilo clásico es decir a tiros, generalmente, y en muchos casos por la espalda, que no es cuestión de arriesgar el pellejo gratuitamente.

Dos de las rutas principales al Klondike partían de la zona de Skagway. La primera, el White Pass, atravesaba territorio Tlingit, los cuales comenzaron a cobrar peaje por atravesar sus dominios, lo que encarecía la ruta, coste al que había que añadir el peaje que igualmente se cobraban los gángsters de la ciudad, por supuesto. Esta ruta era sólo un poco mejor que la otra, pero igualmente dura. Siguiendo este recorrido se comenzó a construir un ferrocarril que conectaba con Whitehorse, a orillas del Yukón, ferrocarril que al acabarse se impondría como la ruta principal por obvias razones. El segundo camino, que atravesaba el paso de montaña llamado Chilkoot, partía de la cercana ciudad de Dyea, a unos quince kilómetros de Skagway, que igualmente había pasado de dos habitantes a unos diez mil en pocos meses. Era la que elegían los menos pudientes porque no había peaje que pagar, pero también era mas dura físicamente porque a un durísimo paso de montaña que había que cruzar a pie le seguían varios tramos de peligrosos rápidos, que había que superar para alcanzar el lago Bennett. Dyea hoy día no puede ni tan siquiera considerarse como una ciudad fantasma pues apenas quedan unas cuantas tablas en pie. Como ciudad duró poco mas tiempo del que se estuvo utilizando el camino del Chilkoot Pass, en tanto que al entrar en servicio el ferrocarril está durísima ruta se abandonó.


Skagway es hoy día una ciudad de algo menos de mil habitantes, población que se quintuplica en verano con las hordas de turistas de un día que llegan a bordo de los cruceros que, durante los meses estivales, navegan sin cesar a lo largo de la costa de Alaska y la Columbia Británica. El centro de la ciudad (?) lo forman la calle Broadway y sus transversales, con edificios restaurados a imagen y semejanza del aspecto que tenían hace un siglo dándole al conjunto un aire mas bien falsete de parque temático, sensación que se acentúa al ver las hordas de turistas recién desembarcados invadiendo las tiendas de souvenirs y joyerías que pueblan la calle principal. Igual si en vez de asfalto las calles fuesen de barro, en lugar de aceras de hormigón éstas fuesen de madera y no hubiese todoterrenos y quads sino caballos y alguna carreta a la puerta del saloon el aspecto sería mas creíble, aunque confieso que aun así igualmente me causaría un efecto extraño ver la silueta de esos gigantescos cruceros por encima de las casas de una o dos alturas que conforman la ciudad.


El objeto de mi visita a esa zona no era otro que hacer el Chilkoot Trail. La ruta forma parte del “Klondike Gold Rush National Historical Park”, que protege diferentes lugares históricos de la época de la fiebre del oro en Canadá y Estados Unidos. Es un duro recorrido de 53 kilómetros que parte del emplazamiento donde estuvo situada la antigua ciudad de Dyea y que, cruzando el temido (y temible) paso Chilkoot, llega hasta el lago Bennett, lugar desde donde los aspirantes a minero comenzaban la navegación que, a lo largo de mas de 800 kilómetros, les llevaría por el río Yukón hasta la ciudad de Dawson City, destino final de los buscadores de oro. 

Según aterrizamos opté por dirigirme directamente hacia el Centro de Información del Chilkoot Trail, para hacer los trámites de inscripción e informarme de las condiciones en que estaba la ruta esos días dejando para después, por ser menos importante, lo de instalarme en el albergue que tenía reservado. Durante la temporada de verano el Chilkoot Trail tiene un cupo de 50 personas por día. Las cuarenta y dos primeras se apuntan por riguroso orden de llamada desde el momento en que se abre la inscripción. Las últimas ocho plazas se reservan para aquellos que se la juegan presentándose directamente la víspera en el centro. En el momento de la inscripción hay que definir en qué campings vas a dormir cada una de las noches que pases en la ruta (no hay limitaciones aunque, evidentemente, no se puede dormir mas de una noche en cada uno), dado que éstos tienen plazas limitadas. El precio, 50$. 


Yo no tuve problemas para apuntarme. Las fechas que tenía previsto hacer la ruta (1 al 3 de septiembre) ya se consideraban casi como fuera de temporada y no era necesaria inscripción previa, aunque los Rangers aun seguían patrullándola. Bastaba con presentarse por el centro la víspera y detallar el itinerario para que en caso necesario te tuviesen mas o menos ubicado. Como digo no hubo pegas. De hecho llegué a mediodía y hasta ese momento era el único que la iba a empezar al día siguiente. Cierto es que me quedé un tanto chafado porque esperaba que hubiese mas gente haciéndola aparte de mi mismo. Siempre es preferible andar por esos lugares dejados de la mano de Dios sabiendo que hay alguien mas por allí. De hecho, cuando este verano los llamé por teléfono para formalizar mi inscripción y me comentaron que para esas fechas no era necesaria, me dijeron que de todas formas habría mas gente, de ahí la decepción. Aun así estaba en Skagway y no entraba en mis planes echarme atrás por lo que decidí seguir adelante, confiando en que alguien mas se presentaría por allí a lo largo del día y, si no, en que vería a algún ranger de vez en cuando.

La Ranger que me atendió, encantadora. Había estado en Bilbao después de hacer el camino de Santiago unos años atrás así que congeniamos en seguida. Una media hora después, tras todas las explicaciones pertinentes sobre la ruta, las zonas de acampada, las medidas antiosos, las diferentes opciones para ir al comienzo de la ruta y volver una vez finalizada, el pago de la tasa, etc. salí de allí mochila al hombro con dirección a mi albergue para descargar todo y organizar el resto del día. Básicamente lo que me faltaban eran un par de chorradas de material de acampada (como el hornillo y su correspondiente bombona que hay que comprar allí mismo dado que no se pueden llevar en los aviones) y la comida para los días siguientes. Como siempre que salgo a la compra algo se me olvida y, en cambio, acabo comprando cosas que no necesito, esta vez fui con la lista cuidadosamente hecha porque una vez que empiezas el trail los olvidos no tienen solución, lo que te hayas dejado ya no hay forma de conseguirlo. 


En un sitio como Alaska el problema de ir fuera de la temporada estival es que te encuentras un montón de posibilidades cerradas. En el caso del Chilkoot Trail la dificultad, en mi caso, era la salida desde allí una vez finalizado. La forma normal de hacerlo es en tren, dado que la antigua línea, construida durante la fiebre del oro para llegar desde Skagway hasta Whitehorse, ha sido restaurada en parte y ahora funciona como tren turístico, pero también da servicio a los senderistas que hacen la ruta a pie. La cuestión es que cuando llegué a Skagway la línea ferroviaria dejaba de funcionar por esa temporada con lo cual no tenía forma de volver, salvo buscando a alguien que me fuese a recoger a Log Cabin, estación del ferrocarril que está junto a la carretera que va a Skagway, a doce kilómetros del lago Bennett, o haciendo autostop desde ese mismo sitio, opción que deseché por no querer arriesgarme a no llegar a tiempo al aeropuerto y perder mi vuelo de vuelta a Juneau. El problema lo resolví gracias a Frank, el amabilísimo dueño del albergue en el que me alojaba, que era el hermano de los dueños de “Dyea Dave”, empresa que se dedica a hacer recorridos turísticos por Skagway y alrededores, aunque me costó un pastón porque era un servicio para mi sólo.

Hecha la compra y gestionados los (caros) transfers de ida y vuelta al inicio y final del Chilkoot Trail con “Dyea Dave”, dediqué parte de la tarde a preparar la mochila (pesaba un horror una vez sumado todo lo que tenía que llevar a cuestas) y descansar, pues todavía me duraban los efectos del viaje hasta Alaska y aunque había dormido bastante bien la noche anterior en Juneau, todavía notaba un cierto cansancio y el agarrotamiento típico después de un largo viaje en avión. A la mañana siguiente me levanté temprano, pues había quedado para que me recogieran a las ocho y media de la mañana en el centro de Información y me llevasen a Dyea, donde comenzaría la primera etapa del trail, de unos veinte kilómetros, hasta mi primera meta, el “Sheep Camp”, pero ésa es otra historia…

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