Juneau es la capital del estado, aunque no lo ha sido siempre. Eso forma parte de la historia de Alaska. En sus orígenes Alaska fue territorio ruso. Las expediciones planeadas por el Zar Pedro I el Grande y promovidas tras su muerte por sus sucesores para explorar la península de Kamchatka y lo que había mas al este, incluyendo la demostración de que Norteamérica y Asia no estaban unidas por tierra, dieron como resultado en la segunda de ellas el descubrimiento en 1741 de las Aleutianas por el danés Vitus Bering, quien estaba enrolado en la armada rusa, y del archipiélago de las Alexander en la costa sudeste de Alaska por Tchirikov, quien comandaba el segundo barco de la expedición, de la que se había separado durante un vendaval. Pocas décadas después se fundó una primera colonia en la isla Kodiak. Sin embargo, unos años mas tarde y en previsión de la llegada de otros europeos (por aquel entonces muy ocupados en explorar y colonizar el mundo) que les disputasen el territorio Alexander Baranov, en aquel entonces administrador de los territorios ruso americanos o sea, Alaska, decidió fundar en 1799 una nueva capital que bautizó como Nueva Arkangel en lo que hoy es la ciudad de Sitka (denominación tlingit de la zona en la que se levantó la ciudad), en unos terrenos comprados a los Tlingit, imagino que a cambio de cuatro baratijas. La relación con éstos por parte de los rusos fue en un principio cordial, si bien pronto paso a ser francamente hostil, con varios enfrentamientos saldados con victoria rusa.
En 1867 ante el fracaso en la guerra de Crimea los rusos decidieron vender Alaska a los Estados Unidos por la cifra de 7.200.000$ de la época con la finalidad de sanear sus maltrechas arcas. La compra fue muy criticada por la opinión publica (o publicada) estadounidense, que se refería a la nueva adquisición despectivamente como “la locura de Seward” o “la nevera de Seward“, quien era el Secretario de Estado y principal promotor de la operación. Total, que entre fuertes críticas y no pocos chistes la compra fue aprobada por el Senado de los Estados Unidos por un único voto de diferencia. Sin embargo, si la situación hasta el momento resultaba un tanto cómica (a pesar de lo que costaba la broma), pronto pasó a ser totalmente surrealista, en una demostración de lo que es verdaderamente absurdo como solamente los políticos son capaces de brindarnos, debido a que si bien el Senado había aprobado la compra la Cámara de Representantes rechazó librar los fondos necesarios para ello, con lo que el Gobierno estadounidense se encontró con la operación de compra aprobada pero sin poder disponer del dinero necesario para pagarla, al menos hasta que unos meses después se produjo una votación favorable en la Cámara con bastantes, y según parece muy fundadas, sospechas de soborno.
En vista del follón organizado y de que la opinión publica no era precisamente muy favorable a la compra (nevera era el apelativo por el que se referían a Alaska de forma generalizada), una vez formalizada la misma los Estados Unidos se desentendieron totalmente de su nueva adquisición, como si no quisieran saber nada de ella, y no le otorgaron al nuevo territorio de la Unión ningún tipo de estatus político. Con ello los habitantes de la recién comprada Alaska se encontraron sin ningún tipo de institución, ni norma que los rigiera, no había jueces ni alcaldes ni administradores ni policía ni nada que se le parezca; no se podían comprar tierras ni montar negocios ni recaudar impuestos. En fin, si los rusos hasta la fecha mas o menos habían tenido controlada la situación en el territorio (al menos en el que conocían) los estadounidenses lo dejaron hecho unos zorros en un tiempo record dando toda una lección de desgobierno. Si algo parece que está claro en toda esta historia es que ni los unos sabían lo que vendían (porque el 99% del territorio aproximadamente no lo habían ni explorado), ni los otros lo que compraban (vistos los enormes recursos naturales que fueron descubriéndose posteriormente), porque si no habrían reaccionado y actuado de otro modo.
Pocos años después, hacia 1880, se encontró oro en la zona donde actualmente se levanta la ciudad de Juneau, que tomó su nombre de uno de los dos mineros que hicieron tal descubrimiento. Donde poco mas que había un pequeño asentamiento con algunos habitantes, en su mayoría indígenas, creció rápidamente una bulliciosa ciudad. Y cuando unas décadas mas tarde el Congreso de los Estados Unidos se decidió a otorgar un estatus de Territorio Autónomo a su ya no tan reciente adquisición, decidieron instalar en Juneau la capital, abandonando la antigua capital rusa de Sitka, condición que conserva hasta la fecha. Si bien es cierto que hace unas décadas los ciudadanos del estado aprobaron trasladar la capital de Alaska a otra ciudad, años después rechazaron la idea al darse cuenta de lo que costaba la broma.
Tras este pequeño y resumidísimo inciso histórico sobre Alaska seguiré con mis andanzas. Finalmente aterricé en Juneau hacia las tres de la tarde, hora local, un poco cansado ya del viaje y sobretodo con ganas de llegar al albergue, darme una ducha y repasar los detalles de lo que me esperaba a partir del día siguiente. Además incluí en el programa una visitilla a la ciudad. Y digo visitilla porque lo cierto es que no da para mucho mas. La web oficial de turismo de Alaska la considera una de las ciudades mas bonitas del estado (?) e incluso he leído, tanto en guías como en internet, que hay quien denomina a Juneau la San Francisco del norte. Sin haber estado nunca en San Francisco, por lo que he visto en el cine hay que ser muy osado para compararla con Juneau porque vamos… si el hecho de tener algunas cuestas da derecho a compararse con San Francisco… Vamos que es como comparar un Ferrari con un Dacia. Pobre San Francisco si la comparan con Juneau.
Alaska y Hawai son los dos únicos estados de Estados Unidos que están separados del resto. Entre Alaska y el resto de Estados Unidos se interpone Canadá y para ir por carretera de Alaska al resto del país hay que recorrer unos dos mil kilómetros por Canadá. Pues bien, con Juneau sucede con respecto a Alaska lo mismo que entre ésta y los EEUU. No está unida el resto del estado por carretera. Y esa es una de las peculiaridades de esta ciudad. Su red de carreteras es minúscula, apenas cuarenta kilómetros. Hay casi diez veces mas kilómetros de senderos y rutas a pie que carreteras. Las únicas comunicaciones con el resto de Alaska o de los Estados Unidos son por aire o por mar, porque no hay ninguna ruta que cruce las montañas que la rodean. Y de hecho hace años se debatió entre sus habitantes la posibilidad de construir una carretera que los uniese con el resto del estado y se rechazó, porque el daño que se hacía al entorno con ese proyecto era enorme. Optaron por reclamar que se mejorasen las comunicaciones aéreas y, sobretodo, marítimas, cosa que según parece han conseguido.
Básicamente Juneau se compone de unas cuantas calles con edificios de baja altura, fundamentalmente viviendas unifamiliares de madera cada una de una forma y un color y en diferentes estados de deterioro, entre los que brotan como hongos unos cuantos horrendos edificios de hormigón de hasta unas doce alturas diseñados sin ningún tipo de gusto, ni atendiendo a ningún criterio o escuela arquitectónica conocida. La zona mas cercana al muelle, donde atracan los cruceros que en verano recorren el pasaje interior, contiene unos cuantos edificios antiguos restaurados, tipo lejano oeste, que albergan en su mayoría joyerías, tiendas de recuerdos y las inevitables hamburgueserías o tabernas donde tomarse una cerveza y engullir un bocadillo a ritmo de música country la mayor parte de las veces. Por enésima vez ese día volví a cenar, esta vez ya no en un avión o aeropuerto sino en el típico bar americano de película, el inevitable y un tanto indigesto por lo consistente, bocadillo al estilo americano en el que entre pan y pan había amontonado un numero indeterminado de ingredientes en cantidades industriales nadando en salsa estilo barbacoa, lo que hizo que fuese necesaria una segunda cerveza para acabar de digerir el asunto.
En fin, como de mis desgracias culinarias en Norteamérica ya me extendí bastante en el diario que escribí durante el viaje a Canadá, dejaremos el tema por ahora (porque seguro que dará para otros momentos gloriosos durante este viaje), para incluir un par de comentarios mas sobre Juneau. En primer lugar, he de decir que aunque la ciudad sea fea el entorno en el que está situada es privilegiado, pues la rodean unas montañas espectaculares que caen casi verticalmente hasta el mar, con glaciares y cascadas que surgen por todas partes dando salida a las lluvias y nieve que se van acumulando durante todo el año. De la ciudad no incluyo fotos en este capítulo porque lo cierto es que no vi un solo rincón que mereciese que se le hiciera una fotografía.
Y en segundo lugar he de decir que, por diferentes motivos, lo que mas me llamó la atención de Juneau fueron su puerto y, sobretodo, su aeropuerto. El primero, porque en realidad no hay uno sino dos, el puerto de cruceros que está en plena ciudad y el puerto de ferrys que está a veinte kilómetros mas o menos. Está claro que el turismo manda y que es una de las principales fuentes de ingresos de la ciudad. Y en cuanto al aeropuerto me llamaron la atención sus dos pistas paralelas, la de los aviones, igual que la de cualquier aeropuerto, y una paralela con forma de piscina olímpica para gigantes en la que aterrizaban los hidroaviones, aquí al menos tan numerosos como los primeros.
En fin, después de cenar y puesto que al día siguiente salía mi vuelo a Skagway opté por retirarme a tiempo (siempre es una victoria) e intentar descansar unas cuantas horas y, con suerte, adaptarme rápido a las diez horas de diferencia que hay en esta parte del mundo con respecto a mi casa. Y es que este día para mi había sido muy largo, unas diez horas mas de lo normal.
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